El inquieto anacobero de Federico Pacanins, versión musical del relato homónimo de Salvador
Garmendia, hace temporada durante todos los domingos de abril, mayo y junio,
siempre a las 11:30 AM, en el penthouse de la Torre BOD, en La Castellana.
Sobre lo que transcurre en el espectáculo, el cual no sobrepasa los 80 minutos, cuenta Pacanins, su versionista y director, que
a comienzos de los años setenta, del siglo pasado, Salvador Garmendia escribió
el cuento "El inquieto anacobero", inspirado en el genio y figura de
Daniel Santos (Santurce,
Puerto Rico, 5 de febrero de 1916/Ocala, Florida, 27 de noviembre de 1992), indiscutible icono de la música caribeña. El cuento, entonces
publicado cual aquilatada pieza literaria por el Papel
Literario de El Nacional,
generó al menos una reacción inesperada:
para 1976 algunos "moralistas"
criollos solicitaron una investigación judicial por presuntas
lesiones a la moral pública causadas por la narración , su autor y sus
editores.
La saga judicial acrecentó la fama de Garmendia, de
los distinguidos testigos citados (entre ellos
el reputado intelectual venezolano Isaac
Pardo), de los editores
y, por supuesto, de un Daniel Santos ya encumbrado
intérprete de " Linda", "La despedida", "Perdón",
"El preso", "Dos gardenias" y otros
clásicos del repertorio popular latinoamericano.
Aquella curiosa saga judicial de censura literaria en nuestro ambiente, puntualiza
Pacanins, unida a la obra de
Salvador Garmendia y del propio
"inquieto anacobero" con sus canciones, “hoy nos
llevan a ofrecer una comedia musical donde Mirna Ríos (icono de nuestra música
urbana por derecho propio), César Bencid, Daniél Jiménez, Ana Melo,
Jesús Rafael Pérez y Juan Manuel Blanco, en el
papel del famoso "anacobero", dan vida escénica a una
crónica de puro trópico, plena de referencias propias de
un particular ancestro "caraqueño-caribeño" que todavía vibra
entre nosotros”.
El montaje de la pieza, subraya Pacanins, “conlleva nuestro
agradecimiento a Elisa Maggi de Garmendia, a la Fundación Salvador
Garmendia y a sus herederos por su apoyo y positivo aliento”.
ELENCO
Mirna Ríos es La Gata, César Bencid es El Negro, Daniel Jiménez es El
Vale, Juan Manuel Blanco es Daniel Santos, Ana Melo es Miss Panamá y Jesús Rafael
Pérez es El Pianista. Dirección musical y piano: Jesús Rafael Pérez. Percusión:
Daniel Jiménez (toda la música de la obra es interpretada en escena). Asistencia
de dirección y producción: Marisela Colman .Producción General: Magdalena
Frómeta .Libreto y dirección escénica: Federico Pacanins y Daniel Jiménez.
CANCIONES DEL REPERTORIO
Serenata mulata (Bobby Collazo), canta La Gata. Virgen de medianoche
(Pedro Galindo), canta El Pianista. Mesié Julián (Armando Orefiche), canta La
Gata. Palmeras-Señora tentación (Agustín Lara), canta El Vale. Perdón (Pedro
Flores), canta. El negro. Ayúdame cubano (Daniel Santos), fragmento, canta El
pianista, Sálvame al Diamante Negro (Daniel Santos), canta Daniel. Linda (Pedro
Flores), canta Daniel. Carta de Linda (Daniel Santos), canta El pianista. La
muerte de Linda (Daniel Santos), canta El Vale. Amémonos (Manuel C.
Flores-Carlos Montbrun), canta La gata. Ay, qué cosas tiene la vida (Daniel
Santos), canta El Negro. Medianoche (Federico Pacanins), canta El Negro y El
Vale. La despedida (Pedro Flores), canta Daniel. En el juego de la vida
(Mundito Medina), canta El Vale. El Preso (Daniel Santos), canta Daniel. Dos
Gardenias (Carrillo), canta Daniel y La Gata. Chencha la gamba (Ñico Saquito),
canta Miss Panamá. Ladrillo (Francisco Canaro), canta Pianista y Miss Panamá. Borracho
no vale (Pedro Flores), Daniel con todos. Recordar es vivir (Julio Casanova),
canta Mirna Ríos.
El inquieto
anacobero de Salvador Garmedia
-No, yo hace muchos años, muchos que no veo a
Daniel- dijo el gordo y se espantó una mosca que le andaba por el entrecejo.
-Ni siquiera sabía que
el estuvo en Caracas últimamente y mucho menos que anduviera con ustedes en La
Pompadour.
-¿Cómo? ¡Nos bebimos
seis botellas de whisky! Amaneciendo, Daniel tuvo que irse para el aeropuerto
porque tenía que coger el avión a Nueva York. Ahora debe estar cantando en el
Waldorf con la Sonora.
-Yo no lo veo hace años.
Me dicen que está
entero, feliz, bebiendo como un loco. Dicen que parece un muchacho. ¿Qué edad
tendrá, tú sabes? El negro, un negro cenizoso, grande, larguirucho que parecía
un tronco quemado tardo un buen rato en reanudar la charla.
Acababa de entrar un
grupo de hombres a la capilla y el los observaba con desaliento, como si se
doliera de no reconocerlos.
-Yo recuerdo la primera
vez que Daniel estuvo en Venezuela. Fue en el 52, creo. Seguro en el 52 o en el
53, me parece.
Tú debes acordarte,
porque en esa época fue cuando trajeron a Boby Capó para El Monumental. Yo
andaba con una catira preciosa…
-Yo no, yo lo conocí después, en el Pasapoga,
un domingo, ¡coño! ;En los vermouth del Pasapoga! Él andaba enredado en la
cuestión de Puerto Rico y lo último que había compuesto era el hit Ayúdame cubano, ¿Te
acuerdas? Entonces le consiguieron un paquete de cocaina en el hotel y lo
expulsaron del país por revolucionario, además. Los dos hombres habían
abandonado el salón y salieron a un pequeño jardín sembrado de pinos redondos.
Amenazaba lluvia.
El calor era húmedo y
lento.
-La que tenía formado el
alboroto entonces -dijo el negro- era Miss Panamá, a la que después le decían
La Tamborito, cuando vino para los carnavales del Roof Garden y se quedó aquí
como seis meses en el hotel Tiuna, donde había show todas las noches. ¿Tú no
estabas ahí cuando el General le dio los tiros?
-¿A quién?
-Al negrito Happy. Tú
debes acordarte del general. A la hora que tú llegaras al Tiuna, ahí estaba el
General, entrando, saliendo, discutiendo, jugando domino, jugando póquer… Se
había vuelto loco con Miss Panamá y no la desamparaba ni un momento.
A las siete de la mañana
se aparecía en el hotel con un ramo de flores y si tú pasabas al mediodía lo
veías en el bar con la guerrera abierta y una pistola en la cintura, rajando
whisky como con veinte tipos que se lo vivían.
Pero ella no le daba ni
un chancecito. Esa tipa sabia en lo que estaba, palabra. Veinte veces le tocaba
en la habitación, tun, tun, tun, tun, tun y ella no le abría ni de vaina. El
General brindaba con champaña a todas las mujeres del show y al mes ya estaba
medio loco con aquel chaparrón de carne que le caía encima todas las noches.
¡Pero que va! La
Tamborito nunca estaba sola ni de vaina: andaba con su representante, con su
manager, con su chaperona, una vieja que vendía relojes de contrabando; con su
publicista, andaba con medio mundo… y mientras tanto, el negrito Happy seguía
por ahí, tú sabes, tranquilo, como si no fuera con él.
¿Tú te acuerdas?… Era un
negrito flaco, medio resbaloso, confianzudo que andaba pelando los dientes todo
el día. Cargaba zapatos de dos tonos y un sombrerito medio raro, con una pluma.
El era el que animaba el show y decían que era chulo de la Bámbola, aquella que
hacia desabillé vestida de muñeca.
Además, tenía fregado al
General con el póquer. Coño, se lo estaba comiendo vivo el negrito, carajo…-
Cucurucho… – rezongó el
gordo, que se había sentado en un pretil y parecía un montón de trapos con una
cabeza de viejo encima.
-Mira: al que se
atreviera a decirle Cucurucho al General, así fuera en juego, le metía un tiro!
Pero se descubrió la cosa la noche en que la esposa se presentó en el show de
repente. ¡Mi madre! Esa noche tocaba Salvador Muñoz, que era en ese momento el
mejor organista del mundo hasta que apareció el Órgano que Habla y aquello era
pura música panameña.
El General, que ya
estaba medio rascado se puso a bailar tamborito con Miss Panamá, ellos solos en
la pista y todo el mujerío rodeándolos. !Un alboroto del demonio! Y en eso se
presenta la mujercita: una insoria de mujercita, retaca, pequeñita que lo que
parecía era hija de él. Entonces empezó a gritar como loca: ¡Cucurucho,
Cucurucho, Cucurucho, mi amor! y se le guindó del pelo a Miss Panamá, ese
mujerón grandísimo con un culo descomunal, y no se le soltaba chillando y
pataleando como una mona. La tuvieron que sacar arrastrando.
Así paso un mes, más o
menos. Primero el General estuvo unos días sin venir y después se apareció como
si nada; pero serio, sin hablar con nadie para que nadie se atreviera a
molestarlo por lo que había pasado.
De ahí se empezó a
hablar de que Cucurucho había puesto el divorcio y que se casaba con Miss
Panamá. Había comprado abogados y demás para que lo divorciaran en un mes y la
fiesta la iban a hacer allí mismo en el hotel.
Lo cierto fue que
nosotros estábamos en el comedor, allá, en un almuerzo con Dark Búfalo que
peleaba esa noche por la máscara con el Chiclayano…
-Yo sé, claro… – el
gordo, que había permanecido cabizbajo y como agobiado, despertó de un pinchazo
en la nuca-. Estaba Johnny Albino y su trío que habían llegado dos días antes
de Barranquilla… -…todo con periodistas y demás.
Yo vi cuando La
Tamborito se levantaba en un descuido y se iba calladita y después vi al
General que estaba blanco de la rabia y que también salió del comedor en
carrera y de pronto pin, pan, pun, paran, pin, pun!! Se oye aquel alboroto en
el piso de arriba y era el General que había roto la puerta del cuarto de
cuatro patadas y ¡pin, pin, pin! le zampo tres giros al negrito Happy que
estaba singándose a La Tamborito en la cama.
No le pegó ni uno, pero
el negrito estuvo tres días desmayado en el hospital y no lo volvieron a ver
más nunca. El grande se escarbó un diente de oro con la una.
-Yo creo- dijo el otro-,
que esa tipa no era Miss Panamá. A lo mejor era una puta; pero no era Miss
Panamá. ¿Qué? ¿Tú no la viste, pues? Era una vieja. Al principio parecía joven;
pero a lo último, cuando fue perdiendo cartel… y resultó que la chaperona le
robó unas prendas a una gringa, y a ella terminaron botándola porque debía tres
meses de hotel, entonces se fue descuidando, le embargaron la ropa… andaba por
ahí rondando y ya se veía que era una vieja.
-Es lo mas probable… Eso
fue en el 53, me parece.
La Gata tenía el mejor
burdel de Catia en esos años. El Tibisí Tabarra, cuando aquello era de
categoría. La Gata se llamaba María Luisa Saavedra. Era una mujer que tú la
veías salir de Ketty Myrian y creías que era una tipa de la jai. Cuando Louis
Jouvet llegó a Caracas, Papillón le dio un banquete en La Pastora con las
mujeres más bellas de Caracas.
La cocaína la servían en
platicos de dulce y La Gata era la mujer más elegante; nadie supo quien era,
toda la alta sociedad se comió el trazo.
-Era una tipa cojonuda.
-Bueno… Cuando Daniel
terminaba en el Sans Souci, tan, tan, tan, tan, tan, se iba con un grupo para
el Tibiri.
A veces iba por ahí Caca el Pregón que iba a
ser campeón pluma antes que lo jodiera el aguardiente. Iba también un
ventrílocuo que le decían el Profesor Dilmer y un aviador de la Taca que era el
que les traía la cocaína.
Esa noche estábamos allá, bebiendo whisky,
dos preparadores y un jockey y uno que le decían Lengua e Gamuza… ¿Te acuerdas?
ahí, en esa mesa, ¡ahí!, Daniel compuso una madrugada ese bolero Sálvame al Diamante Negro.
Resulta que el Diamante estaba enfermísimo, se estaba muriendo el Diamante.
Había gente que lloraba en las calles. Las radios pasaban boletines cada diez
minutos y en la clínica había una manifestación de gente. ¡Se muere el
Diamante, carajo! Y Daniel que llega, se sienta ahí, calladito y zas, zas, zas,
zas, zas, zas,… escribió ese lamento que era una invocación a la Virgen de
Coromoto. ¡Ahí, en esa mesa donde estábamos! ;Se salvó el Diamante, pues! O fue
que se salvó o que se iba a salvar de todas maneras; pero se salvó.
-Ahí fue que Tomasito
pelo bolas.
-Ahí fue.
Tomasito siempre había
pelado bolas, pero como esa vez no. Fue demasiado pelabolismo esa vez.ç
-Demasiado.
-Vino y se enamoró… Era
que Marmolina era la mejor hembrita que tenía La Gata, después de Chucha la
dominicana.
Yo a ella le conocía la
historia, porque vino con una revista española que estuvo como un mes en el
Teatro Caracas… Trabajó primero en Mi Cabaña y después en El Chama, hasta que
se enredó con uno que tenía arrendado el Coney Island… era isleñita, de
Canarias… Ese se la llevó para Maracaibo, la dejó por allá y parece que estuvo
tres meses presa.
Al tiempo fue que se
apareció en el Tibiri. La Gata le tenía cariño. ¿Tú crees que se llamaba
Marmolina o que le decían Marmolina?
-Yo creo que se llamaba
Marmolina. Tú sabes que cualquier cosa es un nombre para una puta.
-Cualquiera se hubiera
podido enredar con Marmolina, pero Tomasito se empepó demasiado. Estaba loco,
vale; tú te acuerdas. Loco.
La celaba, no la dejaba
en paz, hasta le había propuesto matrimonio. Y esa noche, nosotros estábamos en
la mesa y Marmolina ahí, con Tomasito, cuando llegó Daniel del Sans Souci.
Esa noche venía contento
y muerto de la risa y echándole bromas a todo el mundo.
Se había traído a los
muchachos; uno así, pequeñito, que tocaba charrasca; el Nagiie, que era el
pianista que tenía un montuno bárbaro y aquel saxo español que era arreglista.
Alegre, ¿sabes por qué? Porque había recibido ese día una carta de Linda y tú
sabes que lo de Linda era verdad, eso lo sabíamos nosotros, era una carajita
cubana bellísima que lo tenía loco y él le vivía escribiendo canciones.
Marmolina esa noche
estaba medio arrebatada y al verlo, zas, se le tiró encima, histérica de bola y
se lo llevó casi arrastrando para el cuarto y desde afuera le oíamos los
gritos, hasta que Tomasito se arrechó de repente y le empezó a dar patadas a la
puerta: “¡Marmolina!… Marmolina!”, desesperado, “¡mi amor, coño!” y ella le
gritaba desde adentro: “¡Vete al carajo comemierda!” Entonces el empezó a tirar
mesas y a repartir trompadas como loco, nadie lo podía contener y de repente,
¡chupulum!, salió Marmolina desnuda en pelota y le voló encima y le entró a
zapatazos y a patadas hasta que lo puso en el suelo y le seguía dando y dando y
por fin se aquietó aquella vaina y el pobre Tomasito quedó llorando ahí en el
suelo como un carajito, llorando como un pobre pendejo y después La Gata lo
sacó a empujones.
Siguió un largo
silencio. Ahora la capilla desbordaba de gente. Parecía que se acercaba el
momento.
-Daniel se acordaba de
todo, de todo. Parecía un muchacho…
-Bueno, no me habló de
ti, la verdad; pero yo te nombré una vez no sé por qué y él se me quedó mirando
un rato y le brillaron los ojitos y ¡zuás! se echó a reír; pero sabroso, como
en aquel numerito con la Sonora que ya no se escucha por ahí: “ja, ja, jaaaaa…
no puedo aguantar la risa que me daaaa…
“-A lo mejor se acordaba
de algo
-Quizás. Pobre
Tomasito, ¿Murió? El sábado nomás lo encontré en el Alí Baba; tenía tiempo sin
verlo, meses. Estaba con un grupo, tranquilo: aquel salvadoreño que fue
representante de Xiomara Alfaro y un enano que le dicen Topo Gigio. Me saludó y
hablamos y no parecía… -Bueno… eso llega en cualquier momento. Entonces se
unieron a un grupo que entraba a la capilla.
Los empleados salían a
la calle cargando cantidades de coronas.
-¿Sabes lo que está
bastante bueno últimamente? -dijo el negro-. El Todo París. Hay dos brasileras
de espanto. Si quieres, después del cementerio nos juntamos…
-No puedo viejo. No sé
qué me pasa… Ahora no me provoca nada. El negro le dio una palmada en la espalda.
-¡Coraje,
hermano!… ¿Qué? ¿Nos arrimamos a la urna?
-Yo no. Después que se
lo lleven me voy para la casa. Tengo ganas de dormir temprano.