Estamos ante un artista que sí derrota complejos y supera prejuicios. Prosigue capacitándose con talleres y cursos en el exterior y gracias a sus públicos trabajos esta convocando a los espectadores de Venezuela, su país, porque sus padres, sobrevivientes del Holocausto, así lo decidieron hace 28 años en Caracas. Él lo asumió y trabaja para que todo su pueblo fabrique y sueñe un mejor futuro, no sólo en lo que al arte teatral se refiere. ¿Qué pasaría con este artista, y con otros como él, si existiera una organización o una mesa de dialogo para escucharlo y conocer sus naturales preocupaciones como ciudadano y como artista? ¿Quiénes ganarían?
La semana pasada vimos El violinista sobre el tejado y fuimos impactados no sólo por la vigencia de su temática y la actualidad del argumento, sino por la depurada puesta en escena, la precisa producción –ahí las labores de Yair Rosember y el director musical Salomón Lerner son fundamentales- y la profesional participación del elenco encabezado por Armando Cabrera, Beatriz Valdés, Tania Sarabia y Cayito Aponte, además de las actuaciones de Luigi Sciamanna, Nathalia Martínez, Rolando Padilla, Jean Paúl Leroux, Gerardo Soto, Mariaca Semprún, Violeta Alemán, Victoria Nogueroles y Gonzalo J. Camacho, apuntalados por otros 40 artistas y bailarines. Exaltamos el incondicional respaldo de una correcta “orquesta de emergencia” que conjuró un inesperado y vergonzoso veto neonazi
El violinista sobre el tejado -basado en la novela Las hijas de Tevy de Sholem Aleijem, (libreto de Joseph Stein, música de Jerry Bock y letra de Sheldon Harnick) y traducido y con canciones de Hausmann y Lerner- es una aleccionadora metáfora sobre las tradiciones de las comunidades y el esfuerzo que deben hacer todos sus miembros para mantener el equilibrio tanto en los núcleos familiares como en los contextos sociales para no ser nómadas o desplazados a territorios foráneos. Se argumenta y se representa con un colectivo judío ortodoxo que mora en una aldea ucraniana de los tiempos zaristas, a principios del siglo XX, y se acentúa en una familia, con cinco hijas, que trata de mantenerse unida, sin eludir sus normas, pero el gubernamental régimen despótico ordena su salida de esa zona, con lo cual todos los núcleos familiares se resienten.
Ese espectáculo, como espejo de vida, exhibe a una acosada comunidad judía, pero la dura realidad de esa situación se repite ahora con otras etnias en Europa, Asia, África y América. La intolerancia y la incultura de algunos políticos atentan contra la esencia de los pueblos, al parecer ignoran que sin comunidades perecen las naciones y desconocen que las represiones sí tienen su final y vienen después retaliaciones sin misericordia ninguna, porque no hay nada más efímero que el poder de los déspotas.
Y para los que todavía no han se han explicado la metáfora que encierra el titulo de esta asombrosa pieza musical, recreada por venezolanos de todos los orígenes y unificados por el talento histriónico, les recordamos que los violinistas necesitan pisos estables para interpretar sus melodías y que cuando lo hacen desde un techo o un tejado siempre corren el riesgo de caerse, para lo cual deben mantener el equilibro. En otras palabras, los pueblos o las comunidades, o sea los violinistas, para sobrevivir y poder así interpretar los ritmos de sus existencias, deben equilibrar sus problemas internos con los externos, no perder el control de lo que ocurre en sus hogares ante lo que transcurre allende las puertas de sus casas.
Nunca un espectáculo teatral se ha mostrado tan oportunamente y con una depurada calidad que exalta a la venezolanidad. “Un auténtico violinista a la venezolana”, como diría la madre de un destacado artista criollo, tras ver la representación del sábado 21 de marzo.
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