El monólogo, la más antigua manifestación teatral de la cultura occidental, donde el espectáculo únicamente tiene a un intérprete, reinó durante una semana en Caracas y otras ciudades, como Maracaibo, Coro, Guanare, Mérida, Ciudad Bolívar, Porlamar, Cumaná, San Felipe y Barcelona. Gracias a calificados comediantes foráneos y venezolanos, fue posible la realización del Primer Festival Internacional del Monólogo, entre el 26 de septiembre y el 2 de octubre, evento realizado por Gerardo Piñero y Denis Ayala para el Ministerio de Cultura y el Conac.Hay que recordar a las actrices y los actores que lo hicieron posible, tales como Norma Aleandro (Argentina), Fanny Mikey (Colombia), Juan Sasiaín (Argentina), Arturo Rossel (Chile), José Antonio Alonso (Cuba), María Beatriz Vergara (Ecuador) y Lieve Delanoy (Bégica); así como los venezolanos David Villegas, Ezequiel Patiño, Omar Gonzalo, Michel Labarca, Ricardo Nortier, José Antonio Lugo, Alberto Rowinsky, Aníbal Grunn, Sol Sosa, Carlos Márquez y Mimí Lazo. La mayoría de ellos se exhibieron en varias ciudades, mientras que otros sólo pudieron verse en Caracas.
La importancia de este evento, más allá de lo artístico, ya que había actrices de prestigio internacional, como Norma Aleandro y Fanny Mikey, está en la respuesta multitudinaria de los amantes del teatro, no sólo en la capital sino también en la provincia, donde se peleaban por ingresar a las salas teatrales y llegaron incluso a exigir funciones posteriores.
¿Qué por qué el público acudió en masa a la convocatoria del festival de monologuistas?
Hay múltiples respuestas, pero la más creíble y fácil de comprobar, sin caer en diletantismos socioculturales, es que el público no tenía que pagar nada, salvo soportar las colas y correr el riesgo de no poder ver el espectáculo porque el aforo del local estaba full. Solamente en los ya tradicionales festivales internacionales de teatro de Caracas, se había visto algo igual: la audiencia asaltando las puertas de los teatros para exigir su derecho “a ver a los ingleses o los chinos”, y llegando incluso a confundirse con el otro público que sí había pagado, convirtiendo en un divertido sainete su ingreso a los montajes. Trompadas, además de insultos, y arremetidas de los cuerpos policiales han sido los aderezos de algunos de esos eventos.
¿Qué por qué era gratis?
Porque el productor general del evento, el Gobierno, por intermedio del Ministerio de Cultura, o sea su titular Francisco de Asís Sesto Novás, así lo decidió.
¿Está bien que el Gobierno regale los espectáculos?
Sí, si también lo hace con la comida, la atención médica y las medicinas, el teatro también debería ser obsequiado. Lo único malo, por así decirlo, es que crea un precedente: los amantes del espectáculo no van a querer pagar nada en los eventos venideros, como el XVI Festival Internacional de Teatro de Caracas, para el cual ya fue aprobado un millardo de bolívares.
¿Se convertirá en una norma que el teatro financiado por el gobierno tendrá puerta franca de ahora en adelante?, es la picante interrogante que ahora queda en el aire.
¿A qué costos se hizo este festival?
No sabemos exactamente lo que cobraron los artistas visitantes, ni los nacionales, aunque algunas fuentes extraoficiales, dignas de crédito, nos aseguraron que se les pagó entre 5 y 10 mil dólares a los foráneos y unos dos millones de bolívares a los criollos, además del transporte, hoteles y comidas. Los lectores pueden hacer sus cálculos, porque estas cifras son aproximadas. ¿Gasto o inversión?
Los mejores
Imposible disfrutar de todos los monologantes.Ya habíamos visto a Aníbal Grunn con A tu memoria, hermoso y además desgarrador trabajo que desde esta semana ahora se mostrará en el Ateneo de Caracas, así como también Omar Gonzalo con el histórico performance El diario de un loco; lo mismo que a David Villegas en Bandolero y Malasangre; Ricardo Nortier con su excelente Apuntes de cocina de Leonardo Da Vinci, lo mejor que ha hecho en Venezuela y, por supuesto a Mimí Lazo con El aplauso va por dentro, veterano montaje que se estrenó en la temporada de 1996 y que aún sigue en escena, con notables cambios. Los inéditos o nunca antes vistos fueron los espectáculos de Norma Aleandro y Fanny Mikey, Sobre el amor y otros cuentos sobre el amor y A Fanny lo que es de Fanny. Ellas son unas verdaderas leyendas en la escena, en la televisión y el cine de sus países, además de haber ganado varios premios internacionales
Monte de Venus
Las primeras actrices Norma Aleandro (69) y Fanny Mikey (76) nacieron y realizaron sus carreras artísticas, en buena parte, en Argentina. Son amigas y además están unidas por sus abiertas y valientes conductas políticas contra las tiranías de cualquier tinte político. La primera, quien conoció a Caracas porque su amigo Carlos Giménez, la trajo a presentar su unipersonal Sobre el amor y otros cuentos sobre el amor, en los años 70, retornó a Venezuela para mostrar otro monólogo, aunque tenía el mismo título. Su exhibición en la Sala Ríos Reyna fue apoteósica. Dio una clase de actuación como nadie lo había hecho antes en ese escenario: pasaba, con una velocidad increíble y una verdad actoral casi de mito, de una mocita de 15 años a una virgen anciana de 100, y lo que hacía era manejar su cuerpo y cubrirse o descubrirse la cabeza con una mantilla. Ella, que es, por supuesto, toda una tradición del mejor teatro argentino, usó textos clásicos y otros de reciente factura. Con Fanny Mikey, que además es la promotora teatral más importante de Colombia, el asunto fue diferente.Ella era su propia obra. Su monólogo A Fanny lo que es de Fanny, cuyo título lo dice todo, está centrado en su biografía, en su paso alucinante por el mundo del teatro y del espectáculo en Argentina y en Colombia, especialmente en Bogotá.Tiene un desparpajo y una gracia única para decir las cosas más difíciles, como que es una judía que adora a la Virgen María, o que pensó o que hizo cuando se tuvo que afeitar, por primera vez, su Monte de Venus, y otros detalles íntimos como ese. Su show, muy dentro de lo que se conoce como café-concert, tiene algunos contactos con el público para interactuar, y por eso fue que, en la Sala José Félix Ribas, actuó y contó una anécdota que le ocurrió en el violento Medellín, cuando Pablo Escobar Gaviria, que aún vivía y disfrutaba de uno de sus espectáculos, no quería soltarle una de sus retadoras piernas, pero aquí al materializar esa situación lo hizo, sin saberlo, con nada más y nada menos que “Farruco” Sesto, sonriente caballero que estaba en la primera fila de la sala. Cuando él se identificó, ella se perturbó un poco, pero el espectáculo prosiguió y así contó varias escenas de su vida,declamó a Pablo Neruda, bailó tango y salsa y al final dijo a la audiencia, ya atrapada en su seno, que los venezolanos no debían olvidar que Bogotá está a menos de dos horas de vuelo y que allá los esperaba con su X Festival de Teatro Iberoamericano, en marzo y abril del 2006.
martes, octubre 04, 2005
viernes, septiembre 30, 2005
Ahora Bogotá
Desde la temporada del 2004, la pieza Jav y Jos, de José Simón Escalona, en el audaz montaje que se inventó Daniel Uribe, ha seguido capturado espectadores venezolanos, alcanzando, al cabo de dos años, no menos de 50 mil espectadores en esta Tierra de Gracia. Ahora hace su primera incursión a un país vecino, precisamente a la sala Teatro Nacional, de Bogotá, donde desde este miércoles se está exhibiendo. Todavía la crítica colombiana no ha dado ni “sí” ni su “no”.
En ocasión de su reposición en el Ateneo de Caracas, pues se exhibió primero en el Celarg, donde estuvo desde febrero hasta noviembre de ese año, escribimos que al público criollo no lo asustan las locas ni las dragqueen en los teatros ni tampoco en las calles. Una parte de esa audiencia también disfruta o contempla el maratónico show que montan los travestis en las vías de Caracas o Maracaibo, sin contar los espectáculos en locales para todo tipo de espectadores. ¿Liberados o pura catarsis?
El siglo XXI puede ser como la centuria anterior: interminables desfiles de las facetas de la homosexualidad, masculina o femenina, nutrirán las carteleras teatrales ante las exigencias de la audiencia, con lo cual se materializa aquello de que “la mariquera es un buen negocio”, como lo dice el personaje Jos (Luis Fernández). Psicólogos, psiquiatras o sociólogos pueden arrojar unas cuantas luces sobre esas conductas voyeristas del público o ayudar a definir así los lineamientos de una estética del gusto homoerótico, la cual aparece o se desborda cuando la oportunidad es mostrada desde las tablas o en la penumbra de una avenida. Y una prueba de ello es el éxito de taquilla que hasta ahora ha obtenido esta pieza de José Simón Escalona, la cual, bajo la dirección de Daniel Uribe y con las actuaciones de Luis Fernández, Juan Carlos Alarcón y Miguel Gutiérrez, hizo temporada en la Sala Anna Julia Rojas.
Jav y Jos (1984), estrenada por Javier Vidal y el mismo Escalona dos años después, es otra joyita de la dramaturgia de temática homosexual o gay, la cual antes ha sido abordada de forma directa o tangencial por autores como Antonio Saavedra, Leopoldo Ayala Michelena, Rafael Guinand, Román Chalbaud, Isaac Chocrón, Johnny Gavkloski y hasta el bolivariano Rodolfo Santana. Para esta pieza, su autor retoma las enseñanzas de Chocrón y plasma la historia del dueto Jav y Jos, quienes han decidido terminar su relación de pareja o amistad íntima ante el hastío en que sobrenadan sus angustias existenciales y, fundamentalmente, porque han descubierto que la vejez, para no aludir a la muerte, es imparable y que lo mejor es romper para volver a empezar otra unión, creyendo que así el tiempo retrocede y continuarán viviendo en “el país de nunca jamás”, porque son, sin saberlo o comprenderlo, versiones carnales del fantástico Peter Pan.
Tennessee Williams enseña que lo importante de una pieza teatral no es la conducta sexual de los personajes, sino que en ella se digan cosas más universales y no tan particulares. Eso ocurre con Jav y Jos, que no es sólo una mascarada que se inventan unos homosexuales para exorcizar sus soledades o angustias existenciales. Es un recurso del autor para mostrar y proponer una reflexión sobre las peculiaridades de una vida en pareja cuando ésta no tiene hijos carnales o putativos, ni tareas que les consuman tiempo y reflexiones cotidianas. Es un show sobre la soledad en medio del boato de la farándula y la vida sin complicaciones, al tiempo que es un permanente viaje hacia el pasado perdido.
El espectáculo Jav y Jos del siglo XXI, tiene un exultante barroquismo, sin exagerar ni mostrar más allá de las nalgas de Valcárcel. El gran trabajo es de los actores, en especial de Fernández, no sólo por el riesgo físico -usan elevados tacones todo el tiempo- sino por la caracterización que dan a sus personajes, quienes oscilan entre el desenfrenado dragqueen hasta el respetable caballero fashion que no tiene ni entiende la razón misma de su existencia. Hay decenas de chistes para disfrutar, pero la atmósfera es trágica, aunque las luces de una discoteca inviten a olvidar.
¿Que pasará en Bogotá? No sabemos, pero es interesante esta confrontación, tanto por la pieza, como por los actores. Ya escribiremos sobre ello.
En ocasión de su reposición en el Ateneo de Caracas, pues se exhibió primero en el Celarg, donde estuvo desde febrero hasta noviembre de ese año, escribimos que al público criollo no lo asustan las locas ni las dragqueen en los teatros ni tampoco en las calles. Una parte de esa audiencia también disfruta o contempla el maratónico show que montan los travestis en las vías de Caracas o Maracaibo, sin contar los espectáculos en locales para todo tipo de espectadores. ¿Liberados o pura catarsis?
El siglo XXI puede ser como la centuria anterior: interminables desfiles de las facetas de la homosexualidad, masculina o femenina, nutrirán las carteleras teatrales ante las exigencias de la audiencia, con lo cual se materializa aquello de que “la mariquera es un buen negocio”, como lo dice el personaje Jos (Luis Fernández). Psicólogos, psiquiatras o sociólogos pueden arrojar unas cuantas luces sobre esas conductas voyeristas del público o ayudar a definir así los lineamientos de una estética del gusto homoerótico, la cual aparece o se desborda cuando la oportunidad es mostrada desde las tablas o en la penumbra de una avenida. Y una prueba de ello es el éxito de taquilla que hasta ahora ha obtenido esta pieza de José Simón Escalona, la cual, bajo la dirección de Daniel Uribe y con las actuaciones de Luis Fernández, Juan Carlos Alarcón y Miguel Gutiérrez, hizo temporada en la Sala Anna Julia Rojas.
Jav y Jos (1984), estrenada por Javier Vidal y el mismo Escalona dos años después, es otra joyita de la dramaturgia de temática homosexual o gay, la cual antes ha sido abordada de forma directa o tangencial por autores como Antonio Saavedra, Leopoldo Ayala Michelena, Rafael Guinand, Román Chalbaud, Isaac Chocrón, Johnny Gavkloski y hasta el bolivariano Rodolfo Santana. Para esta pieza, su autor retoma las enseñanzas de Chocrón y plasma la historia del dueto Jav y Jos, quienes han decidido terminar su relación de pareja o amistad íntima ante el hastío en que sobrenadan sus angustias existenciales y, fundamentalmente, porque han descubierto que la vejez, para no aludir a la muerte, es imparable y que lo mejor es romper para volver a empezar otra unión, creyendo que así el tiempo retrocede y continuarán viviendo en “el país de nunca jamás”, porque son, sin saberlo o comprenderlo, versiones carnales del fantástico Peter Pan.
Tennessee Williams enseña que lo importante de una pieza teatral no es la conducta sexual de los personajes, sino que en ella se digan cosas más universales y no tan particulares. Eso ocurre con Jav y Jos, que no es sólo una mascarada que se inventan unos homosexuales para exorcizar sus soledades o angustias existenciales. Es un recurso del autor para mostrar y proponer una reflexión sobre las peculiaridades de una vida en pareja cuando ésta no tiene hijos carnales o putativos, ni tareas que les consuman tiempo y reflexiones cotidianas. Es un show sobre la soledad en medio del boato de la farándula y la vida sin complicaciones, al tiempo que es un permanente viaje hacia el pasado perdido.
El espectáculo Jav y Jos del siglo XXI, tiene un exultante barroquismo, sin exagerar ni mostrar más allá de las nalgas de Valcárcel. El gran trabajo es de los actores, en especial de Fernández, no sólo por el riesgo físico -usan elevados tacones todo el tiempo- sino por la caracterización que dan a sus personajes, quienes oscilan entre el desenfrenado dragqueen hasta el respetable caballero fashion que no tiene ni entiende la razón misma de su existencia. Hay decenas de chistes para disfrutar, pero la atmósfera es trágica, aunque las luces de una discoteca inviten a olvidar.
¿Que pasará en Bogotá? No sabemos, pero es interesante esta confrontación, tanto por la pieza, como por los actores. Ya escribiremos sobre ello.
jueves, septiembre 22, 2005
Mala sangre
Ha comenzado la temporada teatral caraqueña 2005-2006 con un espectáculo que vino desde Guanare. Se trata de La sangre, de Sergei Belbel (España, 1963), con una deficiente puesta en escena por Armando Holzer, pero correctamente producido gracias al tesón de la Compañía Regional de Teatro de Portuguesa (Crtp) y la Compañía Nacional de Teatro (CNT), o al empeño de sus gerentes culturales Carlos Arroyo y Eduardo Gil para hacer posible ese montaje, el cual hizo una breve temporada en la Sala Alberto de Paz y Mateos.
La sangre no es cualquier texto teatral. Es la terrible historia del secuestro de la esposa de un líder político y de la macabra negociación que se establece entre sus captores y los familiares de la desdichada mujer, porque, para presionar el pago del rescate, le van cortando o amputado partes de su cuerpo: primero es un dedo; después una oreja, luego un pie y al final: la cabeza. ¡La realidad siempre será superior a la ficción teatral, que no se olvide jamás!
Belbel, ya conocido en Caracas por su comedia Hombres, no ha inventado nada.Ese método de secuestrar y despedazar al raptado es casi cotidiano entre las tácticas de los delincuentes corrientes y los terroristas. Lo que si creemos es que por primera vez se lleva al teatro. El fin último de esta pieza es advertir sobre los excesos de una sociedad donde la muerte o la amputación son ya banalidades para los medios de comunicación, una sociedad que está drogada por tanta violencia, una sociedad que vive una segunda Edad Media.
El espectáculo La sangre está preñado, sin lugar a dudas, de buenas intenciones y es además consecuencia de una esmerada entrega de los actores y los productores, pero en la función inaugural lo que se percibió fue un fastidio generalizado, de principio a fin, porque la dirección se equivocó no sólo en los conceptos de la iluminación, sino que además se le olvidó el ritmo de las escenas -no estamos pidiendo un videoclip- e hizo del montaje un dilatado ritual a media luz. Como consecuencia: mató la emoción de la pieza y los espectadores se aburrieron, algo grave en el teatro, por la lentitud del discurso escénico y por esa sórdida penumbra o equivocada iluminación. ¡No hay derecho a tantos excesos seudo artísticos!
Lo que si no tiene mácula es el trabajo actoral. Un verdadero elenco de profesionales que se los quisiera una agrupación caraqueña. Ellos son: Mayeli Delfín, Elvis Collado, Emilger Arroyo, Jenifer Goyo, Edilsa Montilla, Lihusmar Ostos y Jesús Plaza. Actores bien trabajados, no sólo para este espectáculo, sino porque desde 1991 acompañan a Carlos Arroyo y es mucho lo que han estudiado y experimentado. Es por ello que hemos escrito esta crítica, porque no tienen la culpa de los errores de otro. ¡Se hace camino!
Otro problema
Hubiésemos querido más calidad en el evento abridor de otro año teatral, más brillo en esa puesta en escena, porque se trata de un meritorio director criollo y una respetable institución de la siempre abandonada provincia, pero, al parecer, no se puede pedir tanto a un movimiento artístico que hace esfuerzos para no perecer en medio de la incertidumbre financiera, a consecuencia de las fallas administrativas de un Estado que atenta contra sí mismo.Sí, un Estado que aún mantiene rémoras de anteriores gobiernos. No puede ser que durante los nueve primeros meses de este difícil 2005 la mayoría de las agrupaciones teatrales, como la Crtp, no hayan recibido sus subsidios para la producción de los montajes, una anomalía que afecta todo, pues sin los recursos financieros no hay cómo trabajar, ni cómo atender a los artistas. Si no hay cómo pagar un servicio, no hay moral para exigir calidad y todo termina por hacerse a medias. Creemos que no hay mala fe ni mala conciencia entre los funcionarios del Conac, sino una obsoleta y maldita metodología del trabajo burocrático, el cual impide que los recursos fluyan a tiempo, cuando precisamente esos aportes están asignados o aprobados desde el primer trimestre de cada año. No puede un gobierno estar de espaldas a sus artistas. No puede ser que se piense en paradigmas de cambios, pero los músculos estén inertes o anquilosados. Ojalá que el Ministerio de Cultura pueda tomar cartas en este asunto. Habrá que esperar a que el Instituto de Artes Escénicas y Música (Iaem) entre definitivamente en funciones y así las agrupaciones reciban a tiempo los recursos que el Estado asigna para los creadores culturales, que no son sólo los del sector de espectáculos
La sangre no es cualquier texto teatral. Es la terrible historia del secuestro de la esposa de un líder político y de la macabra negociación que se establece entre sus captores y los familiares de la desdichada mujer, porque, para presionar el pago del rescate, le van cortando o amputado partes de su cuerpo: primero es un dedo; después una oreja, luego un pie y al final: la cabeza. ¡La realidad siempre será superior a la ficción teatral, que no se olvide jamás!
Belbel, ya conocido en Caracas por su comedia Hombres, no ha inventado nada.Ese método de secuestrar y despedazar al raptado es casi cotidiano entre las tácticas de los delincuentes corrientes y los terroristas. Lo que si creemos es que por primera vez se lleva al teatro. El fin último de esta pieza es advertir sobre los excesos de una sociedad donde la muerte o la amputación son ya banalidades para los medios de comunicación, una sociedad que está drogada por tanta violencia, una sociedad que vive una segunda Edad Media.
El espectáculo La sangre está preñado, sin lugar a dudas, de buenas intenciones y es además consecuencia de una esmerada entrega de los actores y los productores, pero en la función inaugural lo que se percibió fue un fastidio generalizado, de principio a fin, porque la dirección se equivocó no sólo en los conceptos de la iluminación, sino que además se le olvidó el ritmo de las escenas -no estamos pidiendo un videoclip- e hizo del montaje un dilatado ritual a media luz. Como consecuencia: mató la emoción de la pieza y los espectadores se aburrieron, algo grave en el teatro, por la lentitud del discurso escénico y por esa sórdida penumbra o equivocada iluminación. ¡No hay derecho a tantos excesos seudo artísticos!
Lo que si no tiene mácula es el trabajo actoral. Un verdadero elenco de profesionales que se los quisiera una agrupación caraqueña. Ellos son: Mayeli Delfín, Elvis Collado, Emilger Arroyo, Jenifer Goyo, Edilsa Montilla, Lihusmar Ostos y Jesús Plaza. Actores bien trabajados, no sólo para este espectáculo, sino porque desde 1991 acompañan a Carlos Arroyo y es mucho lo que han estudiado y experimentado. Es por ello que hemos escrito esta crítica, porque no tienen la culpa de los errores de otro. ¡Se hace camino!
Otro problema
Hubiésemos querido más calidad en el evento abridor de otro año teatral, más brillo en esa puesta en escena, porque se trata de un meritorio director criollo y una respetable institución de la siempre abandonada provincia, pero, al parecer, no se puede pedir tanto a un movimiento artístico que hace esfuerzos para no perecer en medio de la incertidumbre financiera, a consecuencia de las fallas administrativas de un Estado que atenta contra sí mismo.Sí, un Estado que aún mantiene rémoras de anteriores gobiernos. No puede ser que durante los nueve primeros meses de este difícil 2005 la mayoría de las agrupaciones teatrales, como la Crtp, no hayan recibido sus subsidios para la producción de los montajes, una anomalía que afecta todo, pues sin los recursos financieros no hay cómo trabajar, ni cómo atender a los artistas. Si no hay cómo pagar un servicio, no hay moral para exigir calidad y todo termina por hacerse a medias. Creemos que no hay mala fe ni mala conciencia entre los funcionarios del Conac, sino una obsoleta y maldita metodología del trabajo burocrático, el cual impide que los recursos fluyan a tiempo, cuando precisamente esos aportes están asignados o aprobados desde el primer trimestre de cada año. No puede un gobierno estar de espaldas a sus artistas. No puede ser que se piense en paradigmas de cambios, pero los músculos estén inertes o anquilosados. Ojalá que el Ministerio de Cultura pueda tomar cartas en este asunto. Habrá que esperar a que el Instituto de Artes Escénicas y Música (Iaem) entre definitivamente en funciones y así las agrupaciones reciban a tiempo los recursos que el Estado asigna para los creadores culturales, que no son sólo los del sector de espectáculos
viernes, septiembre 16, 2005
Dos cubanos
Gracias a la agrupación Teatrela (Teatro de Repertorio Latinoamericano) hemos conocido en la escena un par de piezas del mejor teatro cubano: Los mangos de Caín, de Abelardo Estorino, y Falsa alarma, de Virgilio Piñera. Obras que bajo el título genérico Trópico del crimen hicieron temporada en la Sala Luis Peraza, donde se lucieron los actores Diana Volpe, Ludwig Pineda, José Gregorio Martínez y Félix Colina, dirigidos con creatividad y precisión por Costa Palamides, director de esta agrupación caraqueña que ha organizado una verdadera “fiesta patronal” para celebrar que llevan 20 años haciendo buen teatro, superando a las rémoras y mezquindades propias del trópico caribeño.
Los caraqueños amantes del teatro deben a Teatrela el acercamiento a autores cubanos claves, como Estorino (1925) y especialmente de Piñera (1912-1979), de quien sólo se había exhibido, a nivel profesional y en producción nacional, a Dos viejos pánicos , en un montaje que hizo Luis Julio Bermúdez en el Teatro Chacaíto, en los años 70.
Pero, ¿Por qué el teatro de la patria de José Martí, se escenifica poco aquí en Venezuela? Se desconoce, como lo subraya el crítico Orlando Rodríguez, la importancia del humor y el absurdo en la dramaturgia insular, heredados del mejor teatro bufo hispano del siglo XIX, donde Virgilio Piñera incluso se convierte en un precursor de la absurdidad con su Electra Garrigó, estrenada en 1948, dos años antes que el rumano Eugene Ionesco exhibiera La cantante calva y se hiciera famoso y hasta lograra, décadas después, el Premio Nobel de Literatura.
¿Qué por qué se monta tan poco teatro cubano? Hay muchas respuestas, algunas crueles, pero la verdad es que el eurocentrismo impera aún en cada uno de los paises americanos y no se sabe cuándo será superado ese atavismo cultural, uno de los peores resabios del coloniaje a que ha estado sometido este balcanizado continente .Igual ocurre con el teatro venezolano, el cual incluso en varias temporadas es más representado afuera que aquí. ¿Tendrá que venir una disposición oficial para hacer obligatorias las escenificaciones de la dramaturgia criolla o imponer una especie de uno por uno como sucede en la música? No se sabe, pero son los mismos teatreros quienes deben proponerse a escenificar a los mejores autores y no esperar que se los impongan el gobierno o se los negocie “suavemente”.
Trópico del crimen
El director Costa Palamides tomó los textos de Estorino y Piñera y los unió para su espectáculo, separados por un breve intermedio para los cambios escenográficos, a partir de la crítica que ambos dramaturgos hacen a la justicia: uno, a la del Todopoderoso, y otro, a la humana o terrenal, esa que debe ser ciega y muda. De ahí el titulo Trópico del crimen, porque en ambas se mata el cuerpo o el alma de seres humanos.
En Los mangos de Caín (1965) se metaforizan los antecedentes de por qué Abel fue asesinado por su hermano , además de las extrañas relaciones entre Eva y sus hijos y la impertinente presencia de Dios en los momentos menos esperados. Hay un fino juego humorístico en torno al mito bíblico, pero sin caer en chabacanerías, y al mismo tiempo se alude al Todopoderoso que fue ser una alusión al poder de un gobernante supremo, de eso que han abundado y aún permanecen en América. En síntesis: es una deliciosa pieza cubana, donde las manzanas han sido sustituidas por mangos.Más obvio no puede ser lo que ahí se propone. De ahí su importancia para que nuestros dramaturgos jóvenes y los espectadores la disfruten.
Falsa alarma (1959) es una de la más corrosivas críticas que hayamos visto en el teatro sobre la justicia burguesa, esa que combina el placer sensual con los códigos, con la buena vida y las torturas psicológicas a los que han caido en desgracia y están sometidos a un absurdo proceso judicial. No es nada agradable ni placentera la pieza. Es árida, porque así lo escribió el autor, aunque gracias a la habilidad del director Costa se hace digerible, apoyado por ese buen cuarteto de comediantes: Diana, Ludwig, José Gregorio y Félix, quienes se lucen con las dos piezas.
¡Viva el buen teatro cubano representado!
Los caraqueños amantes del teatro deben a Teatrela el acercamiento a autores cubanos claves, como Estorino (1925) y especialmente de Piñera (1912-1979), de quien sólo se había exhibido, a nivel profesional y en producción nacional, a Dos viejos pánicos , en un montaje que hizo Luis Julio Bermúdez en el Teatro Chacaíto, en los años 70.
Pero, ¿Por qué el teatro de la patria de José Martí, se escenifica poco aquí en Venezuela? Se desconoce, como lo subraya el crítico Orlando Rodríguez, la importancia del humor y el absurdo en la dramaturgia insular, heredados del mejor teatro bufo hispano del siglo XIX, donde Virgilio Piñera incluso se convierte en un precursor de la absurdidad con su Electra Garrigó, estrenada en 1948, dos años antes que el rumano Eugene Ionesco exhibiera La cantante calva y se hiciera famoso y hasta lograra, décadas después, el Premio Nobel de Literatura.
¿Qué por qué se monta tan poco teatro cubano? Hay muchas respuestas, algunas crueles, pero la verdad es que el eurocentrismo impera aún en cada uno de los paises americanos y no se sabe cuándo será superado ese atavismo cultural, uno de los peores resabios del coloniaje a que ha estado sometido este balcanizado continente .Igual ocurre con el teatro venezolano, el cual incluso en varias temporadas es más representado afuera que aquí. ¿Tendrá que venir una disposición oficial para hacer obligatorias las escenificaciones de la dramaturgia criolla o imponer una especie de uno por uno como sucede en la música? No se sabe, pero son los mismos teatreros quienes deben proponerse a escenificar a los mejores autores y no esperar que se los impongan el gobierno o se los negocie “suavemente”.
Trópico del crimen
El director Costa Palamides tomó los textos de Estorino y Piñera y los unió para su espectáculo, separados por un breve intermedio para los cambios escenográficos, a partir de la crítica que ambos dramaturgos hacen a la justicia: uno, a la del Todopoderoso, y otro, a la humana o terrenal, esa que debe ser ciega y muda. De ahí el titulo Trópico del crimen, porque en ambas se mata el cuerpo o el alma de seres humanos.
En Los mangos de Caín (1965) se metaforizan los antecedentes de por qué Abel fue asesinado por su hermano , además de las extrañas relaciones entre Eva y sus hijos y la impertinente presencia de Dios en los momentos menos esperados. Hay un fino juego humorístico en torno al mito bíblico, pero sin caer en chabacanerías, y al mismo tiempo se alude al Todopoderoso que fue ser una alusión al poder de un gobernante supremo, de eso que han abundado y aún permanecen en América. En síntesis: es una deliciosa pieza cubana, donde las manzanas han sido sustituidas por mangos.Más obvio no puede ser lo que ahí se propone. De ahí su importancia para que nuestros dramaturgos jóvenes y los espectadores la disfruten.
Falsa alarma (1959) es una de la más corrosivas críticas que hayamos visto en el teatro sobre la justicia burguesa, esa que combina el placer sensual con los códigos, con la buena vida y las torturas psicológicas a los que han caido en desgracia y están sometidos a un absurdo proceso judicial. No es nada agradable ni placentera la pieza. Es árida, porque así lo escribió el autor, aunque gracias a la habilidad del director Costa se hace digerible, apoyado por ese buen cuarteto de comediantes: Diana, Ludwig, José Gregorio y Félix, quienes se lucen con las dos piezas.
¡Viva el buen teatro cubano representado!
jueves, septiembre 15, 2005
Copenhague en Caracas
La bomba atómica fue inventada en las universidades europeas y norteamericanas. Después comenzó una endemoniada carrera entre Estados Unidos, Alemania y Japón para ver quien la fabricaba y la utilizaba primero en objetivos militares, civiles e industriales en contra de sus rivales. Washington lo hizo y lanzó tres artefactos -destruyeron a Hiroshima y Nagazaki, y la refinería Tsuchizaku- para iniciar, desde aquel nefasto agosto de 1945, la era del terror nuclear
Al principio fue el predominio atómico unipolar de Estados Unidos y después se convirtió en tragicómica competencia con otras siete naciones para ver quién lograba reunir las armas más potentes y jugaba a sobrevivir después a una conflagración con tales engendros tecnológicos.
De esta manera, uno de los descubrimientos más trascendentales de la ciencia, como es el control de la desintegración del átomo, se transformó en una apocalíptica espada de Damocles que amenaza la vida humana y vegetal de todo el planeta. Ahora, lo único que se puede hacer para anular el poderío acumulado es concertar la paz, como lo recomendaba Albert Einstein, acuerdo pacifista que estará siempre sobre la cuerda floja y podrá romperse cuando algún gobernante megalómano decida zanjar sus diferencias ideológicas o desacuerdos comerciales con el vecindario y utilice una o varias de las letales bombas, a riesgo de recibir una contundente respuesta. ¡Será el final de todo!
Gracias a Copenhague, excelente pieza teatral del británico Michael Frayn, la cual hace temporada en la Sala de Conciertos del Ateneo bajo la correctísima dirección de Héctor Manrique y con las estupendas actuaciones de Juan Manuel Montesinos, Alejo Felipe y María Cristina Lozada, los venezolanos podrán conocer ciertos detalles íntimos de cómo se gestaron las primeras atómicas a partir de una historia real y las deducciones que el dramaturgo hizo, tras exhaustiva investigación, de las relaciones de amistad que mantuvieron, hasta la muerte, los científicos Niels Bohr (judío danés) y Werner Heisenberg (alemán) .
En Copenhague, texto que debería ser llevado al cine por toda la historia del contexto ahí acumulada, como es la Segunda Guerra Mundial y sus epílogos, se revela, una vez más, la maldad que los seres humanos llevamos por dentro, ese deseo de ser dioses o demonios, sin medir las consecuencias de tales locuras. Bohr y Heisenberg tenían en sus manos los mecanismos teóricos que permitían la creación de las primeras bombas, bien para Estados Unidos o Alemania. Los nazis perdieron esa competencia y quedó la duda de si fue por una deslealtad o una crisis ética de Heisenberg, o porque Bohr sí tuvo todo el apoyo final para armar la primera atómica en el laboratorio de Los Álamos. Que uno haya sido bueno o malo el otro, ya no importa.¡Lo único cierto es que todos los científicos le fallaron a la humanidad y crearon un Frankestein con el cual habrá que dormir hasta que llegue la hora del Juicio Final!
Es cruel lo que enseña la metáfora de Copenhague. Aquellos espectadores que ignoren lo que es el átomo y sus interioridades, así como el infierno que encierra, podrán disfrutar de la habilidosa puesta en escena y de las actuaciones, donde hay un desconocido Montesinos (Heisenberg) jugando a ser el bueno de esa tragicomedia, un Felipe (Bohr) empeñado en salvar a la ciencia por encima de las debilidades humanas y una Lozada (Margarita) como mediadora del choque de trenes de esos dos hombres que se jugaron el futuro de la humanidad. Este espectáculo, de puro texto, con tres de los mejores actores que tiene el teatro venezolano actual, es una lección de trabajo digno, constante y único, como lo está haciendo Héctor Manrique, quien a sus 43 años ha montado 20 obras y actuado en 30.
A 60 años de las primeras muertes colectivas con armas atómicas, la humanidad asiste aterrada a otro experimento científico que podrá ser igual de nefasto o peor que lo que hicieron los sabios atómicos. Y es la competencia que hay entre varios laboratorios para la utilización de embriones humanos o células madres, en supuestas curas milagrosas de enfermedades degenerativas u obtener seres perfectos, o clones que podrían ser dedicados a muchos fines, supuestamente altruistas. Pero es casi seguro que no será así y nadie debe extrañarse de que mañana aparezca alguna arma biológica para dominar a tal o cual sector del planeta. ¡Dios nos salve!
Al principio fue el predominio atómico unipolar de Estados Unidos y después se convirtió en tragicómica competencia con otras siete naciones para ver quién lograba reunir las armas más potentes y jugaba a sobrevivir después a una conflagración con tales engendros tecnológicos.
De esta manera, uno de los descubrimientos más trascendentales de la ciencia, como es el control de la desintegración del átomo, se transformó en una apocalíptica espada de Damocles que amenaza la vida humana y vegetal de todo el planeta. Ahora, lo único que se puede hacer para anular el poderío acumulado es concertar la paz, como lo recomendaba Albert Einstein, acuerdo pacifista que estará siempre sobre la cuerda floja y podrá romperse cuando algún gobernante megalómano decida zanjar sus diferencias ideológicas o desacuerdos comerciales con el vecindario y utilice una o varias de las letales bombas, a riesgo de recibir una contundente respuesta. ¡Será el final de todo!
Gracias a Copenhague, excelente pieza teatral del británico Michael Frayn, la cual hace temporada en la Sala de Conciertos del Ateneo bajo la correctísima dirección de Héctor Manrique y con las estupendas actuaciones de Juan Manuel Montesinos, Alejo Felipe y María Cristina Lozada, los venezolanos podrán conocer ciertos detalles íntimos de cómo se gestaron las primeras atómicas a partir de una historia real y las deducciones que el dramaturgo hizo, tras exhaustiva investigación, de las relaciones de amistad que mantuvieron, hasta la muerte, los científicos Niels Bohr (judío danés) y Werner Heisenberg (alemán) .
En Copenhague, texto que debería ser llevado al cine por toda la historia del contexto ahí acumulada, como es la Segunda Guerra Mundial y sus epílogos, se revela, una vez más, la maldad que los seres humanos llevamos por dentro, ese deseo de ser dioses o demonios, sin medir las consecuencias de tales locuras. Bohr y Heisenberg tenían en sus manos los mecanismos teóricos que permitían la creación de las primeras bombas, bien para Estados Unidos o Alemania. Los nazis perdieron esa competencia y quedó la duda de si fue por una deslealtad o una crisis ética de Heisenberg, o porque Bohr sí tuvo todo el apoyo final para armar la primera atómica en el laboratorio de Los Álamos. Que uno haya sido bueno o malo el otro, ya no importa.¡Lo único cierto es que todos los científicos le fallaron a la humanidad y crearon un Frankestein con el cual habrá que dormir hasta que llegue la hora del Juicio Final!
Es cruel lo que enseña la metáfora de Copenhague. Aquellos espectadores que ignoren lo que es el átomo y sus interioridades, así como el infierno que encierra, podrán disfrutar de la habilidosa puesta en escena y de las actuaciones, donde hay un desconocido Montesinos (Heisenberg) jugando a ser el bueno de esa tragicomedia, un Felipe (Bohr) empeñado en salvar a la ciencia por encima de las debilidades humanas y una Lozada (Margarita) como mediadora del choque de trenes de esos dos hombres que se jugaron el futuro de la humanidad. Este espectáculo, de puro texto, con tres de los mejores actores que tiene el teatro venezolano actual, es una lección de trabajo digno, constante y único, como lo está haciendo Héctor Manrique, quien a sus 43 años ha montado 20 obras y actuado en 30.
A 60 años de las primeras muertes colectivas con armas atómicas, la humanidad asiste aterrada a otro experimento científico que podrá ser igual de nefasto o peor que lo que hicieron los sabios atómicos. Y es la competencia que hay entre varios laboratorios para la utilización de embriones humanos o células madres, en supuestas curas milagrosas de enfermedades degenerativas u obtener seres perfectos, o clones que podrían ser dedicados a muchos fines, supuestamente altruistas. Pero es casi seguro que no será así y nadie debe extrañarse de que mañana aparezca alguna arma biológica para dominar a tal o cual sector del planeta. ¡Dios nos salve!
jueves, septiembre 08, 2005
Violentísimo
Jesús Mandingo (José Manuel Suárez) tenía 15 años. Ahora yace en la morgue y dentro de unas cuantas horas irá al último sector del cementerio. Su único deseo vital era poder volar un papagayo y conocer además la felicidad y el amor. Así lo aprendió de su adorada abuela (Myriam Pareja), quien le repetía: “El amor es lo único verdadero de esta vida. Si no lo sientes por nadie, si nadie lo siente por ti, estás muerto. Si no lo tienes dentro de tu corazón, no vale la pena ni respirar”. Ese parlamento, poético además, remite al espectador a ese popular verso de Walt Whitman, que repetía, cual letanía, Carlos Giménez: “Quien camina una legua sin amor/camina amortajado a su propia sepultura”.
Al adolescente Mandingo lo mataron unos desconocidos a tiros en las escaleras de su humilde e infrahumana barriada. Algunos suponen que fue gente de su mismo barrio, porque tenía conflictos o unas cuantas “culebras”; pero otros, más avezados, comentan que lo hizo un equipo de exterminadores o personas interesadas “en la profilaxia social, para así evitarse mayores problemas cuando esa niñez descarriada crezca”. ¿Fascismo?
¿Pero quién es ese Jesús Mandigo que todos sabemos que existe, pero que nadie hace algo para rescatarlo y salvarlo? Es el protagonista del espectáculo Violento, creado por Aníbal Grunn a partir del texto original de Ana Teresa Sosa (Caracas, 1956), una sobria y artística producción de Benjamín Cohen que se exhibe en la Sala Rajatabla y donde intervienen, entre otros, Flor Elena González, Saúl Marín, José Manuel Suárez, Aileen Celeste, Marco Alcalá, Guillermo García y Myriam Pareja, entre otros.
Violento presenta otra cruda y recurrente situación de miseria humana en una anónima urbanización popular de una desconocida urbe. Puede ser Sao Paulo, Medellín o Caracas, o alguna otra ciudad latinoamericana, donde niños y niñas se crían en las calles, conocen todos los vicios a tempranas edades, los hacen adictos a los narcóticos o a la pega de zapatos, los prostituyen o los usan para asaltos o asesinatos, tras adiestrarlos como eficaces sicarios. ¡Colombia no es la única!
Esa temática que Sosa ha llevado ahora al teatro no es nada nueva ni original, pero si resulta creativa la forma como escribió el texto y la poesía que emanan de sus personajes, como los resueltos por el niño Suárez y la veterana actriz Pareja. El teatro venezolano del siglo XX está rebosante con esos prototipos de la marginalidad urbana, según como fueron creados por autores de la talla de César Rengifo, Román Chalbaud y hasta el mismo Rodolfo Santana. Lo que ocurre es que en los albores del siglo XXI lo exhibido por Violento es mucho más estremecedor porque ahora pululan o abundan más esos niños delincuentes y porque la descomposición social está más agudizada que en las décadas anteriores. Y no hay que echarle la culpa a una de las tantas gerencias políticas del Estado, sino que hay que cambiar al mismo Estado y adelantar una reingeniería social donde el éxito no será fácil ni inmediato, ni está garantizado.
Debemos aclarar que Violento no transcurre únicamente en Caracas, sucede en cualquier ciudad latinoamericana donde los índices de pobreza solamente se conocen en los medios de comunicación y en los batiburrillos políticos donde se usan para alcanzar presupuestos que nunca llegan a su destino. Cosas como las que dicen Sosa y exhibe Grunn son reflejadas constantemente en periódicos y televisoras, a sabiendas de que la muerte y la violencia son temas banales, cotidianos, y compiten por la situación más escabrosa o la mayor cantidad de víctimas.
Es imposible ver a Violento o el filme Secuestro Express, y quedarse impávido. Ha tenido que ser el trío Sosa-Grunn-Cohen el que se haya atrevido a recordarle a los caraqueños lo que pasa en este continente, donde abundan los recursos naturales y los económicos pero faltan los gerentes políticos adecuados, para emprender las profundas reformas sociales que se requieren y que los sabios han recomendado.
El espectáculo, sin ser novedoso en sus planteamientos, es ágil y práctico, además utiliza de gran manera a la Sala Rajatabla, donde se han exhibido montajes trascendentes del teatro criollo durante varias temporadas. Hay un elenco bien adiestrado, que dice bien sus textos, como tiene que hacerse cuando se interpreta una pieza coral del talante de Violento. ¡Bravo!
Al adolescente Mandingo lo mataron unos desconocidos a tiros en las escaleras de su humilde e infrahumana barriada. Algunos suponen que fue gente de su mismo barrio, porque tenía conflictos o unas cuantas “culebras”; pero otros, más avezados, comentan que lo hizo un equipo de exterminadores o personas interesadas “en la profilaxia social, para así evitarse mayores problemas cuando esa niñez descarriada crezca”. ¿Fascismo?
¿Pero quién es ese Jesús Mandigo que todos sabemos que existe, pero que nadie hace algo para rescatarlo y salvarlo? Es el protagonista del espectáculo Violento, creado por Aníbal Grunn a partir del texto original de Ana Teresa Sosa (Caracas, 1956), una sobria y artística producción de Benjamín Cohen que se exhibe en la Sala Rajatabla y donde intervienen, entre otros, Flor Elena González, Saúl Marín, José Manuel Suárez, Aileen Celeste, Marco Alcalá, Guillermo García y Myriam Pareja, entre otros.
Violento presenta otra cruda y recurrente situación de miseria humana en una anónima urbanización popular de una desconocida urbe. Puede ser Sao Paulo, Medellín o Caracas, o alguna otra ciudad latinoamericana, donde niños y niñas se crían en las calles, conocen todos los vicios a tempranas edades, los hacen adictos a los narcóticos o a la pega de zapatos, los prostituyen o los usan para asaltos o asesinatos, tras adiestrarlos como eficaces sicarios. ¡Colombia no es la única!
Esa temática que Sosa ha llevado ahora al teatro no es nada nueva ni original, pero si resulta creativa la forma como escribió el texto y la poesía que emanan de sus personajes, como los resueltos por el niño Suárez y la veterana actriz Pareja. El teatro venezolano del siglo XX está rebosante con esos prototipos de la marginalidad urbana, según como fueron creados por autores de la talla de César Rengifo, Román Chalbaud y hasta el mismo Rodolfo Santana. Lo que ocurre es que en los albores del siglo XXI lo exhibido por Violento es mucho más estremecedor porque ahora pululan o abundan más esos niños delincuentes y porque la descomposición social está más agudizada que en las décadas anteriores. Y no hay que echarle la culpa a una de las tantas gerencias políticas del Estado, sino que hay que cambiar al mismo Estado y adelantar una reingeniería social donde el éxito no será fácil ni inmediato, ni está garantizado.
Debemos aclarar que Violento no transcurre únicamente en Caracas, sucede en cualquier ciudad latinoamericana donde los índices de pobreza solamente se conocen en los medios de comunicación y en los batiburrillos políticos donde se usan para alcanzar presupuestos que nunca llegan a su destino. Cosas como las que dicen Sosa y exhibe Grunn son reflejadas constantemente en periódicos y televisoras, a sabiendas de que la muerte y la violencia son temas banales, cotidianos, y compiten por la situación más escabrosa o la mayor cantidad de víctimas.
Es imposible ver a Violento o el filme Secuestro Express, y quedarse impávido. Ha tenido que ser el trío Sosa-Grunn-Cohen el que se haya atrevido a recordarle a los caraqueños lo que pasa en este continente, donde abundan los recursos naturales y los económicos pero faltan los gerentes políticos adecuados, para emprender las profundas reformas sociales que se requieren y que los sabios han recomendado.
El espectáculo, sin ser novedoso en sus planteamientos, es ágil y práctico, además utiliza de gran manera a la Sala Rajatabla, donde se han exhibido montajes trascendentes del teatro criollo durante varias temporadas. Hay un elenco bien adiestrado, que dice bien sus textos, como tiene que hacerse cuando se interpreta una pieza coral del talante de Violento. ¡Bravo!
lunes, septiembre 05, 2005
El método Grönholm
Sin mucho aspaviento se estrenó en el Teatro Trasnocho la excelente y ejemplar comedia dramática El método Grönholm, del célebre dramaturgo español Jordi Galcerán (Barcelona, 1964), el mismo de Palabras encadenadas, bajo la correcta dirección de Daniel Uribe Osío y con las destacadas actuaciones de Miguel Ferrari, Marcos Moreno y Vicente Tepedino, además del entusiasta debut de Viviana Gibelli. Se trata de un espectáculo de gran vigencia, precisamente para los venezolanos, que vivimos los actuales tiempos bolivarianos, donde se entrecruzan las manifestaciones de las sociedades neoliberales y las socialistas primitivas, pero ninguna de las cuales le resuelve a hombres y mujeres el difícil problema de conseguir empleo y mantenerlo. Sí, porque en la obra no se debate en la miserable duda hamletiana de ser o no ser, sino que muestra cómo los seres humanos somos peores que los lobos cuando lo que está por delante es la sobrevivencia, cuando lo que hay que obtener es un empleo o trabajo y con esto, todo lo que ello representa.
En esta pieza que ahora asombra a los caraqueños, Jordi Galcerán -quien ya ha logrado por la calidad e importancia contemporánea de Palabras encadenadas y El método Grönholm que sus obras sean versionadas y convertidas en exitosas películas- no hace otra cosa que plasmar en la escena la cruel realidad de las relaciones laborales, especialmente en el inicio de la cadena: la selección de personal. El argumento fue hecho sobre la base en unos documentos abandonados en un basurero de su natal Barcelona, donde un funcionario de una empresa de supermercados anotó sus impresiones sobre las aspirantes a un puesto de cajera, y quien se asumía con el derecho de calificar, cual si fuese un dios, las miserias de las necesitadas mujeres.
El método Grönholm exhibe a cuatro aspirantes a un cargo ejecutivo en una empresa transnacional de diseño de interiores. Tres hombres y una mujer, quienes en medio de una atmósfera de ironía y del peor humor negro juegan a destruirse entre sí, mucho más cuando se enteran de que uno de ellos es falso, o sea que pertenece a la empresa empleadora y está ahí para ser testigo fiel de todo lo que ocurre. Pero eso es parte de la trampa maldita que la empresa le ha puesto a los aspirantes o el único que de verdad no está buscando el empleo. ¡Un verdadero crucigrama de la muerte!
Esta pieza, que es puro teatro de palabras y cero espectacularidad, atrapa al más difícil de los espectadores por la crudeza o la vulgaridad del lenguaje utilizado, además de los lugares comunes de las conversaciones, y en especial por las situaciones donde están involucrados. Pero se agudiza la expectativa cuando se ven obligados a juzgar las peculiares historias íntimas de cada uno de los que ahí participan, desde el caballero que ha decidido cambiarse el sexo hasta el caballero que pretende conseguir el empleo para resolver una serie de problemas de su hogar, pero comportándose como el campeón de los desalmados.
Es pues un realista teatro cotidiano, con personajes reales o verdaderos que están sometidos como conejillos de laboratorio a una experimentación con técnicas psicológicas aplicadas a la selección de personal. Ahí todo está calculado o previsto, porque, como lo dicen al final, se busca “no a una buena persona que trate de parecer un hijo’eputa, sino a un hijo’eputa que parezca una buena persona”.
Esa conclusión lingüista va acorde con la solución escénica o el colofón de la pieza, el cual no revelamos a los lectores o eventuales espectadores, porque la obra no es nada sentimentaloide, sino todo lo contrario; Ahí están abolidos los más mínimos rasgos de humanidad y reemplazados por el afán de lucro de los aspirantes al cargo, quienes terminan por ser meras marionetas en manos de la empresa, que se burla de todos ellos.
Al finalizar este espectáculo, sobre algo tan estrujante e importante como es la búsqueda de empleo, nadie podrá aceptar que el neoliberalismo sea la mejor política económica para el mundo contemporáneo, donde los seres humanos somos cosas o mercancías, más nada.
En esta pieza que ahora asombra a los caraqueños, Jordi Galcerán -quien ya ha logrado por la calidad e importancia contemporánea de Palabras encadenadas y El método Grönholm que sus obras sean versionadas y convertidas en exitosas películas- no hace otra cosa que plasmar en la escena la cruel realidad de las relaciones laborales, especialmente en el inicio de la cadena: la selección de personal. El argumento fue hecho sobre la base en unos documentos abandonados en un basurero de su natal Barcelona, donde un funcionario de una empresa de supermercados anotó sus impresiones sobre las aspirantes a un puesto de cajera, y quien se asumía con el derecho de calificar, cual si fuese un dios, las miserias de las necesitadas mujeres.
El método Grönholm exhibe a cuatro aspirantes a un cargo ejecutivo en una empresa transnacional de diseño de interiores. Tres hombres y una mujer, quienes en medio de una atmósfera de ironía y del peor humor negro juegan a destruirse entre sí, mucho más cuando se enteran de que uno de ellos es falso, o sea que pertenece a la empresa empleadora y está ahí para ser testigo fiel de todo lo que ocurre. Pero eso es parte de la trampa maldita que la empresa le ha puesto a los aspirantes o el único que de verdad no está buscando el empleo. ¡Un verdadero crucigrama de la muerte!
Esta pieza, que es puro teatro de palabras y cero espectacularidad, atrapa al más difícil de los espectadores por la crudeza o la vulgaridad del lenguaje utilizado, además de los lugares comunes de las conversaciones, y en especial por las situaciones donde están involucrados. Pero se agudiza la expectativa cuando se ven obligados a juzgar las peculiares historias íntimas de cada uno de los que ahí participan, desde el caballero que ha decidido cambiarse el sexo hasta el caballero que pretende conseguir el empleo para resolver una serie de problemas de su hogar, pero comportándose como el campeón de los desalmados.
Es pues un realista teatro cotidiano, con personajes reales o verdaderos que están sometidos como conejillos de laboratorio a una experimentación con técnicas psicológicas aplicadas a la selección de personal. Ahí todo está calculado o previsto, porque, como lo dicen al final, se busca “no a una buena persona que trate de parecer un hijo’eputa, sino a un hijo’eputa que parezca una buena persona”.
Esa conclusión lingüista va acorde con la solución escénica o el colofón de la pieza, el cual no revelamos a los lectores o eventuales espectadores, porque la obra no es nada sentimentaloide, sino todo lo contrario; Ahí están abolidos los más mínimos rasgos de humanidad y reemplazados por el afán de lucro de los aspirantes al cargo, quienes terminan por ser meras marionetas en manos de la empresa, que se burla de todos ellos.
Al finalizar este espectáculo, sobre algo tan estrujante e importante como es la búsqueda de empleo, nadie podrá aceptar que el neoliberalismo sea la mejor política económica para el mundo contemporáneo, donde los seres humanos somos cosas o mercancías, más nada.
viernes, agosto 26, 2005
Hamlet arochado
Hamlet, como la escribió William Shakespeare (1564-1616) hace unos largos 400 años, la obra del bardo inglés que más ha inspirado a los guionistas de telenovelas, especialmente a la cubana Delia Fiallo y sus hijos putativos por la truculencia de su tragedia, está otra vez en la cartelera. En los últimos 15 años ha sido representada, con mala suerte, en el Ateneo de Caracas y el Teatro Nacional. Esos fueron los postreros trabajos de Daniel López y Horacio Peterson. Ahora hace temporada en la sala del Corp Group con la audaz versión de Orlando Arocha y la producción de su grupo Teatro del Contrajuego.
Cuando destacamos la crueldad del original Hamlet y lo comparamos con todos los mamotretros que se han visto en la televisión, desde teleseries como la gringa Falcon Crest hasta las vernáculas Amantes o Se busca príncipe azul, es porque tal estilo de teatro ya no se escribe, ya nadie reúne en una pieza tantas manifestaciones humanas de duda, venganza, amor, avaricia, ambición, mentira, inteligencia y locura, salvo los teleguionistas que no miran hacia las calles de sus urbes, sino que se copian las obras que otros hicieron bien. Eso no indica que estén al nivel de Shakespeare, sino que es el autor que más calcan de manera salvaje, después de Rómulo Gallegos, dejando afuera la riqueza idiomática, sea del inglés o del castellano, y toda una formulación filosófica que va desde el platonismo hasta un depurado vitalismo, el cual sí pulula en los textos shakespereanos o galleguianos. Esos contemporáneos “teatros” televisivos son huecos y sus personajes, cuando los atrapan, se mueven, o los mueven, para desarrollar una trama, pero sin aportar ninguna enseñanza, salvo una ñoña estupidez.
¿Y por qué estamos escribiendo sobre Hamlet y las torpes telenovelas criollas al mismo tiempo? Para desgracia, esos shows televisivos no son nada “culturales”, sino ofensas a la inteligencia criolla, desgraciados engendros para vender jabones, más nada. Y cuando el teatro venezolano se pone trascendente, gracias a las locuras del príncipe danés y de Arocha, se torna aburrido o plúmbeo. Sí, porque ese Hamlet, el cual tanto dinero le ha costado al grupo -lo deben todo, porque el Conac no les ha dado los churupos del subsidio- tiene esa enfermedad mortal que es el fastidio generado por un espectáculo dilatadamente aburrido y ese desgraciado asombro que aturde tras las cuatro horas que dura la representación y no sucede nada que lo justifique. Nada que altere la historia de la puesta en escena nacional, la cual, desde el mutis de Carlos Giménez, perdió su brújula, para cederle el paso a un teatro más ligero y donde se abordan los temas contemporáneos, especialmente los centrados en el mundo íntimo de las mujeres, esos que las féminas, las que gustan de la farándula teatral, adoran y les sirve para sus catarsis. De cada diez personas en una sala, siete son damas. ¡Hagan los conteos y dense cuenta de por qué las altas audiencias!
¿Pero qué pasó con este Hamlet arochado? Mucho y poco. El director se ciñó al texto original (la traducción) y lo ambientó en una Dinamarca gélida y contemporánea para ahorrarse los trajes de época. Resolvió inteligentemente las escenas de la duda hamletiana, la locura, la muerte y el funeral de Ofelia, y se lució con el grupo de cómicos y su espectáculo “La ratonera”. Se enredó con las apariciones del fantasma y todas las demás escenas, las cuales lucieron “mortales” porque les faltó ritmo, tanto al acto escénico como a los trabajos actorales.
Pero la mayor falla está en el casting. Sí, Ricardo Nortier, que es un buen actor para textos cortos, ahí luce agobiado por sus problemas de dicción, ya que por decir bien suena metálico o neutro y eso no puede ocurrir con su príncipe Hamlet, que se debate entre la locura y la cordura dudosa de un muchacho asustado ante las exigencias existenciales que debe afrontar. Diana Peñalver, que es toda una veterana comedianta, no está en edad ni en tipo para ser la amorosa y juvenil Ofelia. Ni él ni ella convencen.
En resumen, ni el teatro serio ni las telenovelas ayudan en estos tiempos. Las teleseries son esperpentos y el teatro se debate entre el aburrimiento de lo culto mal hecho y lo que no termina por despegar. Así, un maltrecho Hamlet contemporáneo no se justifica en su totalidad, aunque haya momentos exquisitos, como ese fragmento de Nabucco en la pista musical,gracias a Verdi,por supuesto
Cuando destacamos la crueldad del original Hamlet y lo comparamos con todos los mamotretros que se han visto en la televisión, desde teleseries como la gringa Falcon Crest hasta las vernáculas Amantes o Se busca príncipe azul, es porque tal estilo de teatro ya no se escribe, ya nadie reúne en una pieza tantas manifestaciones humanas de duda, venganza, amor, avaricia, ambición, mentira, inteligencia y locura, salvo los teleguionistas que no miran hacia las calles de sus urbes, sino que se copian las obras que otros hicieron bien. Eso no indica que estén al nivel de Shakespeare, sino que es el autor que más calcan de manera salvaje, después de Rómulo Gallegos, dejando afuera la riqueza idiomática, sea del inglés o del castellano, y toda una formulación filosófica que va desde el platonismo hasta un depurado vitalismo, el cual sí pulula en los textos shakespereanos o galleguianos. Esos contemporáneos “teatros” televisivos son huecos y sus personajes, cuando los atrapan, se mueven, o los mueven, para desarrollar una trama, pero sin aportar ninguna enseñanza, salvo una ñoña estupidez.
¿Y por qué estamos escribiendo sobre Hamlet y las torpes telenovelas criollas al mismo tiempo? Para desgracia, esos shows televisivos no son nada “culturales”, sino ofensas a la inteligencia criolla, desgraciados engendros para vender jabones, más nada. Y cuando el teatro venezolano se pone trascendente, gracias a las locuras del príncipe danés y de Arocha, se torna aburrido o plúmbeo. Sí, porque ese Hamlet, el cual tanto dinero le ha costado al grupo -lo deben todo, porque el Conac no les ha dado los churupos del subsidio- tiene esa enfermedad mortal que es el fastidio generado por un espectáculo dilatadamente aburrido y ese desgraciado asombro que aturde tras las cuatro horas que dura la representación y no sucede nada que lo justifique. Nada que altere la historia de la puesta en escena nacional, la cual, desde el mutis de Carlos Giménez, perdió su brújula, para cederle el paso a un teatro más ligero y donde se abordan los temas contemporáneos, especialmente los centrados en el mundo íntimo de las mujeres, esos que las féminas, las que gustan de la farándula teatral, adoran y les sirve para sus catarsis. De cada diez personas en una sala, siete son damas. ¡Hagan los conteos y dense cuenta de por qué las altas audiencias!
¿Pero qué pasó con este Hamlet arochado? Mucho y poco. El director se ciñó al texto original (la traducción) y lo ambientó en una Dinamarca gélida y contemporánea para ahorrarse los trajes de época. Resolvió inteligentemente las escenas de la duda hamletiana, la locura, la muerte y el funeral de Ofelia, y se lució con el grupo de cómicos y su espectáculo “La ratonera”. Se enredó con las apariciones del fantasma y todas las demás escenas, las cuales lucieron “mortales” porque les faltó ritmo, tanto al acto escénico como a los trabajos actorales.
Pero la mayor falla está en el casting. Sí, Ricardo Nortier, que es un buen actor para textos cortos, ahí luce agobiado por sus problemas de dicción, ya que por decir bien suena metálico o neutro y eso no puede ocurrir con su príncipe Hamlet, que se debate entre la locura y la cordura dudosa de un muchacho asustado ante las exigencias existenciales que debe afrontar. Diana Peñalver, que es toda una veterana comedianta, no está en edad ni en tipo para ser la amorosa y juvenil Ofelia. Ni él ni ella convencen.
En resumen, ni el teatro serio ni las telenovelas ayudan en estos tiempos. Las teleseries son esperpentos y el teatro se debate entre el aburrimiento de lo culto mal hecho y lo que no termina por despegar. Así, un maltrecho Hamlet contemporáneo no se justifica en su totalidad, aunque haya momentos exquisitos, como ese fragmento de Nabucco en la pista musical,gracias a Verdi,por supuesto
martes, agosto 16, 2005
Mínimas
Esta es una obra que ha logrado capturar espectadores teatrales y críticas positivas.
Es por eso que la recomendamos para los que la puedan ver en Caracas o quienes se interesen en montarla afuera.
Ahora, cuando ya casi festeja sus primeras tres décadas como teatrera, Xiomara Moreno ( xmoreno@cantv.net) es una calificada y creativa autora, exigente puestista, aguerrida productora y, como si fuera poco, hasta es profesora de la UCV, donde incluso fue directora de la Escuela de Artes. Entre 1976 y 1992 hizo su pasantía formativa en el Theja y durante ese lapso dio rienda suelta a sus habilidades como escritora teatral con piezas como Obituario y Gárgolas (1984) , Perlita blanca como sortija de señorita (1987), Geranio (1988), Manivela (1990) y Último piso de Babilonia (1992). Las vimos todas y recordamos con gusto a Geranio y Último piso..., por la búsqueda de una estructura novedosa y su temática social, sin caer en extremismos. Hacia 1992 se separa del Theja y hace “su rancho aparte”: funda Xiomara Moreno Producciones (una asociación civil sin fines de lucro) y hasta la fecha ha exhibido no menos de 20 piezas, de diferentes autores, algunas de su hermano Javier Moreno y otras de su propia cosecha, como ésta Mínimas, con la cual hace temporada en la Sala Horacio Peterson.
Mínimas es un fino ensamblaje de ocho textos cortos o mínimos para hacerle honor a su título genérico, donde son vitales las interpretaciones asumidas por los actores Antonio Delli, Claudia Nieto y Carolina Leandro. Nosotros creemos que el arte teatral no se debe explicar, que él solito debe llegar a una audiencia que debe interpretarlo y dictaminar en última instancia su agrado, indiferencia o su repudio. Todo intento de hacer una guía o un plano para los eventuales espectadores resulta siempre un fracaso y hasta puede ser una ofensa, cosa que no se puede hacer. Sin embargo, la autora y directora, porque cree que es su deber, ha escrito para el programa de mano que su espectáculo le propone una reflexión al público “sobre lo inacabado, lo no completado, lo no finiquitado, lo desaprovechado, en definitiva, sobre la banalización de nuestras emociones, sacrificadas a favor de la seguridad, la tranquilidad, de lo conveniente y de tantas excusas fútiles, nimias y baladíes, que no son más que trampas para ahogar cualquier posibilidad de riesgo, para evadir la responsabilidad de ser seres vivos de libre albedrío”. ¡El buen teatro no necesita de guías!
Estas Mínimas, cuya duración escénica global supera escasamente los 60 minutos, están compuesta por: “Todas las salidas son ciegas”: tragicomedia de dos amantes y sus conflictos de creatividad; “La i griega”: amores de una profesora por su alumno; “La manzana de la discordia”: absurdo juego por una manzana entre una señora y un frutero; “Todo nuevo”: absurdo de la cotidianidad de un ladrón de buen gusto; “Vida de pájaros”: extraña situación entre una hija y una madre; “Memorias de un viaje”: fantasía existencial de un abogado popular a bordo de un vagón del Metro; “De una mujer”: compleja y absurda situación de tres féminas, y “Canción triste”: otra situación absurda a partir de una obra de arte.
En síntesis, de las ocho hay cinco minipiezas logradas, o sea digeribles, las cuales sí impactan por la severidad o la crueldad de sus situaciones, aunque “La manzana de la discordia” exhibe un humor nunca antes visto en el teatro de esta señora. Las más redondas son “Todo nuevo” y “Memorias de un viaje”. Las cinco minipiezas, sin excepción, pueden ser ampliadas y transformadas en espectáculos de mayor impacto; por ahora son botones de hermosas flores del jardín que cultiva Xiomara Moreno.
Buena parte del éxito del espectáculo descansa en el laborioso trabajo de sus actores, donde especialmente se luce Antonio Delli. Tanto la dirección como la producción, tareas de Xiomara, son un muestra evidente de que sí se puede hacer un teatro “mínimo”, de buen gusto e inteligente. ¡Suerte con el público!
Es por eso que la recomendamos para los que la puedan ver en Caracas o quienes se interesen en montarla afuera.
Ahora, cuando ya casi festeja sus primeras tres décadas como teatrera, Xiomara Moreno ( xmoreno@cantv.net) es una calificada y creativa autora, exigente puestista, aguerrida productora y, como si fuera poco, hasta es profesora de la UCV, donde incluso fue directora de la Escuela de Artes. Entre 1976 y 1992 hizo su pasantía formativa en el Theja y durante ese lapso dio rienda suelta a sus habilidades como escritora teatral con piezas como Obituario y Gárgolas (1984) , Perlita blanca como sortija de señorita (1987), Geranio (1988), Manivela (1990) y Último piso de Babilonia (1992). Las vimos todas y recordamos con gusto a Geranio y Último piso..., por la búsqueda de una estructura novedosa y su temática social, sin caer en extremismos. Hacia 1992 se separa del Theja y hace “su rancho aparte”: funda Xiomara Moreno Producciones (una asociación civil sin fines de lucro) y hasta la fecha ha exhibido no menos de 20 piezas, de diferentes autores, algunas de su hermano Javier Moreno y otras de su propia cosecha, como ésta Mínimas, con la cual hace temporada en la Sala Horacio Peterson.
Mínimas es un fino ensamblaje de ocho textos cortos o mínimos para hacerle honor a su título genérico, donde son vitales las interpretaciones asumidas por los actores Antonio Delli, Claudia Nieto y Carolina Leandro. Nosotros creemos que el arte teatral no se debe explicar, que él solito debe llegar a una audiencia que debe interpretarlo y dictaminar en última instancia su agrado, indiferencia o su repudio. Todo intento de hacer una guía o un plano para los eventuales espectadores resulta siempre un fracaso y hasta puede ser una ofensa, cosa que no se puede hacer. Sin embargo, la autora y directora, porque cree que es su deber, ha escrito para el programa de mano que su espectáculo le propone una reflexión al público “sobre lo inacabado, lo no completado, lo no finiquitado, lo desaprovechado, en definitiva, sobre la banalización de nuestras emociones, sacrificadas a favor de la seguridad, la tranquilidad, de lo conveniente y de tantas excusas fútiles, nimias y baladíes, que no son más que trampas para ahogar cualquier posibilidad de riesgo, para evadir la responsabilidad de ser seres vivos de libre albedrío”. ¡El buen teatro no necesita de guías!
Estas Mínimas, cuya duración escénica global supera escasamente los 60 minutos, están compuesta por: “Todas las salidas son ciegas”: tragicomedia de dos amantes y sus conflictos de creatividad; “La i griega”: amores de una profesora por su alumno; “La manzana de la discordia”: absurdo juego por una manzana entre una señora y un frutero; “Todo nuevo”: absurdo de la cotidianidad de un ladrón de buen gusto; “Vida de pájaros”: extraña situación entre una hija y una madre; “Memorias de un viaje”: fantasía existencial de un abogado popular a bordo de un vagón del Metro; “De una mujer”: compleja y absurda situación de tres féminas, y “Canción triste”: otra situación absurda a partir de una obra de arte.
En síntesis, de las ocho hay cinco minipiezas logradas, o sea digeribles, las cuales sí impactan por la severidad o la crueldad de sus situaciones, aunque “La manzana de la discordia” exhibe un humor nunca antes visto en el teatro de esta señora. Las más redondas son “Todo nuevo” y “Memorias de un viaje”. Las cinco minipiezas, sin excepción, pueden ser ampliadas y transformadas en espectáculos de mayor impacto; por ahora son botones de hermosas flores del jardín que cultiva Xiomara Moreno.
Buena parte del éxito del espectáculo descansa en el laborioso trabajo de sus actores, donde especialmente se luce Antonio Delli. Tanto la dirección como la producción, tareas de Xiomara, son un muestra evidente de que sí se puede hacer un teatro “mínimo”, de buen gusto e inteligente. ¡Suerte con el público!
miércoles, agosto 10, 2005
Antologías criollas
Se “cocina” una nueva antología del mejor teatro venezolano y está tan adelantada su elaboración que durante la Feria Internacional del Libro de La Habana, pautada para febrero del 2006, se le hará su adecuada presentación. La nueva compilación del mejor teatro criollo es una selección del teatrero Alberto Sarraín y de Lillian Manzor, la cual además contará con un ensayo crítico suscrito por Beatriz J. Rizk. Ese libro, del cual aún no conocemos su titulo, tendrá 13 obras, a saber: Lo que dejó la tempestad de César Rengifo, La revolución de Isaac Chocrón,Los ángeles terribles de Román Chalbaud, Acto cultural de José Ignacio Cabrujas, Los fantasmas de Tulemón de Gilberto Pinto, La empresa perdona un momento de locura de Rodolfo Santana, Vida con mamá de Elisa Lerner, Los pájaros se van con la muerte de Edilio Peña, Reinaldo de Ugo Ulive, Los hombres de Ganímedes de Néstor Caballero, Dos amores y un bicho de Gustavo Ott, A barrio vivo de Franklin Tovar y Último piso en Babilonia de Xiomara Moreno. Ahí, pues, están todos los que son, pero sin embargo hace falta uno importante: José Gabriel Núñez, reciente Premio Nacional de Teatro.¿Aún pueden incluirlo?¡Gracias!
Coincidirá su “bautizo” con los primeros 35 años de una de las más notables antologías de textos venezolanos, realizada precisamente por el teatrólogo cubano-español Carlos Suárez Radillo. Con Trece autores del nuevo teatro venezolano publicada hacia 1971 por Monte Avila Editores, ese intelectual que conocía como pocos a la literatura dramática hispanoamericana, sentó cátedra en Caracas con su publicación y resaltó a los autores más destacados de la época, algunos de los cuales, ahora cuando ya hemos avanzado en la nueva centuria, terminaron por ser los más importantes del siglo XX. En ese grueso texto, de 535 páginas, figuran: Ricardo Acosta Agualinda, José Ignacio Cabrujas (Fiésole), Román Chalbaud (Los ángeles terribles), Isaac Chocron (Tric-trac), Alejandro Lasser (Catón y Pilato), Elisa Lerner (En el vasto silencio de Manhattan), José Gabriel Núñez (Los peces del acuario), Gilberto Pinto (El hombre de la rata), Lucia Quintero (1x1=1, pero 1+1=2), César Rengifo (La esquina del miedo), Rodolfo Santana ( La muerte de Alfredo Gris), Elizabeth Schön (Intervalo) y Paul Williams (Las tijeras). Pudimos conocer a Suárez Radillo, que había nacido en la Habana, pero quien estaba radicado en España desde 1953, durante su larga pasantía en Caracas. Aquí, a la par que ejercía la docencia, investigaba para ulteriores publicaciones siempre sobre autores hispanoamericanos entonces poco conocidos en España, como el venezolano César Rengifo, la chilena Isidora Aguirre, el colombiano Gustavo Andrade, el peruano Enrique Solari Swayne, el cubano Virgilio Piñera, el boliviano Guillermo Francovih, entre otros. Viajó extensamente por América Latina y Estados Unidos, donde también extendió su labor difusora del teatro español contemporáneo. A su labor de director teatral unió la de investigador. Entre la veintena de libros que publicó sobresalen: Teatro Hispanoamericano contemporáneo (1971), El teatro barroco hispanoamericano (1981), El teatro neoclásico y costumbrista hispanoamericano (1984) y El teatro romántico hispanoamericano (1992). También era poeta y novelista. Sus últimos años los dedicó a recoger sus memorias en una serie de cuatro volúmenes. Su último libro estuvo dedicado a la capital española (Por qué me enamoré de Madrid, 2000), ciudad de la que se sentía ya tan hijo como de La Habana. En el año 2000, la Comunidad de Madrid, las universidades Autónoma de Madrid, de Las Palmas de Gran Canaria, de Sevilla y de Cádiz, entre otras instituciones, le rindieron homenaje por su 80 cumpleaños. Falleció a los 83 años, en Madrid, el 18 de abril del 2002. Sus restos fueron incinerados y depositados en el cementerio de La Almudena.¿Quién cuidará de su vasto legado cultural? No lo sabemos.Por ahora, bienvenido sea el libro de Sarraín
Coincidirá su “bautizo” con los primeros 35 años de una de las más notables antologías de textos venezolanos, realizada precisamente por el teatrólogo cubano-español Carlos Suárez Radillo. Con Trece autores del nuevo teatro venezolano publicada hacia 1971 por Monte Avila Editores, ese intelectual que conocía como pocos a la literatura dramática hispanoamericana, sentó cátedra en Caracas con su publicación y resaltó a los autores más destacados de la época, algunos de los cuales, ahora cuando ya hemos avanzado en la nueva centuria, terminaron por ser los más importantes del siglo XX. En ese grueso texto, de 535 páginas, figuran: Ricardo Acosta Agualinda, José Ignacio Cabrujas (Fiésole), Román Chalbaud (Los ángeles terribles), Isaac Chocron (Tric-trac), Alejandro Lasser (Catón y Pilato), Elisa Lerner (En el vasto silencio de Manhattan), José Gabriel Núñez (Los peces del acuario), Gilberto Pinto (El hombre de la rata), Lucia Quintero (1x1=1, pero 1+1=2), César Rengifo (La esquina del miedo), Rodolfo Santana ( La muerte de Alfredo Gris), Elizabeth Schön (Intervalo) y Paul Williams (Las tijeras). Pudimos conocer a Suárez Radillo, que había nacido en la Habana, pero quien estaba radicado en España desde 1953, durante su larga pasantía en Caracas. Aquí, a la par que ejercía la docencia, investigaba para ulteriores publicaciones siempre sobre autores hispanoamericanos entonces poco conocidos en España, como el venezolano César Rengifo, la chilena Isidora Aguirre, el colombiano Gustavo Andrade, el peruano Enrique Solari Swayne, el cubano Virgilio Piñera, el boliviano Guillermo Francovih, entre otros. Viajó extensamente por América Latina y Estados Unidos, donde también extendió su labor difusora del teatro español contemporáneo. A su labor de director teatral unió la de investigador. Entre la veintena de libros que publicó sobresalen: Teatro Hispanoamericano contemporáneo (1971), El teatro barroco hispanoamericano (1981), El teatro neoclásico y costumbrista hispanoamericano (1984) y El teatro romántico hispanoamericano (1992). También era poeta y novelista. Sus últimos años los dedicó a recoger sus memorias en una serie de cuatro volúmenes. Su último libro estuvo dedicado a la capital española (Por qué me enamoré de Madrid, 2000), ciudad de la que se sentía ya tan hijo como de La Habana. En el año 2000, la Comunidad de Madrid, las universidades Autónoma de Madrid, de Las Palmas de Gran Canaria, de Sevilla y de Cádiz, entre otras instituciones, le rindieron homenaje por su 80 cumpleaños. Falleció a los 83 años, en Madrid, el 18 de abril del 2002. Sus restos fueron incinerados y depositados en el cementerio de La Almudena.¿Quién cuidará de su vasto legado cultural? No lo sabemos.Por ahora, bienvenido sea el libro de Sarraín
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