lunes, abril 10, 2006

Trilogía contra la desmemoria

Sólo se puede escribir bien de lo que bien se conoce, aseguran los maestros. Y en el caso de César Rengifo (Caracas, 14 de mayo de 1915, 2 de noviembre de 1980), quien además fue un destacado pintor, dejó 40 piezas teatrales casi todas publicadas y montadas en Venezuela y el exterior. Como reconocimiento a su talento en este ámbito artístico, recibió en 1980 el Premio Nacional de Teatro, meses antes de su mutis. La guerra federal y el drama de la explotación petrolera fueron sus temas predilectos, y para esos dos temas dejo sendas trilogías. En su pieza Las torres y el viento, como lo afirma Carmen Mannarino, sintetizó en el preámbulo para la presentación de la obra, el valor de las torres de petróleo y el viento en los pueblos donde la explotación del mineral ha cesado: “Torres destruidas y viento. He ahí para muchos venezolanos lo que queda del petróleo”. Como frustración de la riqueza fácil o decepción por el inalcanzable Dorado, las torres en abandono y el viento pasando libre entre las viviendas abandonadas, resulta, por la fuerza de sus significaciones, casi un personaje. Es una de las obras más resaltantes del teatro de Rengifo, la cual fue llevada a la escena por el Teatro Universitario de la UCV, en los tiempos de Herman Lejter, hacia 1975. En 1989, sus obras completas fueron recogidas y publicadas en ocho tomos por la Universidad de Los Andes.con la anuencia de su viuda Adela de Rengifo,quien aún cuida de su legado.
Padre de la modernidad
El 2 de noviembre de 1980 murió César Rengifo, considerado con razón “El padre de la dramaturgia moderna venezolana”. Lo demuestra no sólo su crecida producción, no menos de 40 piezas, sino la forma como abordó, con crudeza y haciendo gala de un estilo no exento de poesía, la realidad de su país, haciendo énfasis en lo social, porque para él la estética que no revindique al pueblo, carece de función y contenido, como lo afirma Rafael Salazar.
Rengifo, preocupado por la explotación petrolera y el daño que dejaba la maligna conducta de las empresas transnacionales y las displicentes conductas de los gobiernos nacionales de turno, realizó a lo largo de su vida -falleció a los 65 años- una “trilogía del petróleo”, piezas que al lograr verlas puestas en la escena, le permitió reescribirlas incluso, donde analizó y cuestionó la explotación petrolera y sus graves consecuencias sociales. Eso lo llevó a dejar como legado El vendaval amarillo , El raudal de los muertos cansados y Las torres y el viento, donde advertía las frustraciones de un amplio sector de la sociedad venezolana por el sinuoso destino de la renta petrolera, además de la muerte lenta de la agricultura y el éxodo de los campesinos a las grandes ciudades para buscar un destino incierto o esquivo, al tiempo que señalaba la incesante sustitución de la cultura nacional por una foránea, “bien servida” por todos los medios de comunicación.
En tres actos concibió El vendaval amarillo, cuya acción escénica transcurre en un lugar del estado Zulia, entre los años 1938 y 1939, una zona que sacrificó su explotación agraria y lanzó, sin destino alguno, a los campesinos, al tiempo que sus poblados eran destruidos. Denuncia con sus diez personajes populares cómo los terratenientes fueron vendiendo, sin contemplaciones, sus haciendas para que las compañías petroleras iniciaran y avanzaran en la búsqueda de “el estiércol del diablo”. Antonio, uno de los personajes, dice: “Pues, que eran ciertos rumores. Los dueños vendieron sus haciendas a las compañías, dicen que por un dineral… Parece que por debajo son puro petróleo”.
Esta pieza, como las otras dos, fueron producidas y exhibidas ante un público absorto por las denuncias ahí plasmadas, pero más nada. La destrucción avanzó y solo queda el recuerdo de los hechos reales que el autor poetizó en su teatro.
Un pensador marxista, como era César Rengifo, no podía dejar pasar la oportunidad de inmiscuirse en la vida privada de los empleados estadounidenses de las petroleras, desnudarlos de sus supuestos ropajes de dignidad y mostrarlos como unos asesinos desalmados. Eso lo logró con El raudal de los hombres muertos cansados, que la hizo conocer en el año1969. Ahí accionan tres personajes extranjeros, pertenecientes a un campo petrolero del oriente del país, y unos diez obreros y operarios. Se muestra cómo se va urdiendo una serie de intrigas entre los petroleros para quedarse con un cargo burocrático que les permitirá ganarse unos cuantos miles de dólares más, aunque para ello tengan que matar o sacrificar al personal que trabaja para ellos, al tiempo que la explotación petrolera avanza y se lleva por delante a los mismos obreros.
“Morris”, un apellido gringo que lo dice todo, exclama, en una de sus intervenciones, esto que no requiere de mayores análisis: “¡Usted se ha dado cuenta! En este país lo dominamos todo e influimos sobre todo. Tenemos gente en el gabinete y en los organismos oficiales… La mente de todos piensa con nosotros. Somos los dueños absolutos de este inmenso negocio…”.
El autor cuenta además la trágica historia de unos indígenas que fueron masacrados por la empresa explotadora del crudo y los fantasmas de las víctimas orbitan en el campamento y alientan las tragedias íntimas y generales de todos los personajes de carne y hueso de la obra como tal.
Diez años antes de su muerte, entregó Las torres y el viento la más poética y la más completa pieza de su trilogía petrolera. El autor escribió que “un país sin memoria requiere los testimonios de las víctimas de la inmisericorde explotación petrolera. Esa sería la respuesta para quienes pregunten el porqué de esta pieza. La alucinación de todo cuanto ha ocurrido y corre la llevamos en la sangre la generación del petróleo y la que ha llegado cuando él comienza a negarse en las oscuras vertientes”.
Puede lucir apocalíptico en sus apreciaciones sobre las maldades de la explotación inclemente, pero él era un poeta y además había hecho suficientes investigaciones de campo para escribir la obra que cierra su trilogía.Es por eso que advierte a las generaciones futuras que “una herencia de pozos muertos, de tubos carcomidos, de mechurrios apagados, de cruces, cruces, cruces... cae como sentina inútil sobre quienes andan en procura de caminos y ansiosos de quebrar el espejismo negro, de saltar el torbellino trágico, de superar la locura impuesta, de regresar a la tierra verde, ya despojada de la red y la cadena”.
Las torres y el viento, que vendría resumir e incrementar todo lo propuesto en sus dos anteriores piezas, transcurre en una región selvática cercana a Mene Grande, estado Zulia, entre 1914 y 1980. Es una pieza donde lo presente y el pasado coexisten de tal manera que el espectador debe quedar impactado, no sólo por la lucha de sus personajes, casi todos sacrificados ante ese dios pagano de la explotación petrolera, sino porque ya aparecen los primeros vestigios una rebelión popular contra la destrucción del campo, la ruina de sus habitantes y la riqueza sin parangón de quienes mataron a etnias indígenas con tal de sacar su oro negro, apoyados por gobiernos títeres o débiles, según como se les mire.
Uno, de los múltiples personajes de la pieza, identificado como “Muñeco” dice: “En su cabeza debe entrarle la idea de que esto hay que explotarlo… Sembrar torres, meter taladros, talar bosques, destruir sementeras… la riqueza que vendrá luego no les cabrá en las manos y los baúles. ¡Téngalo por seguro!”.Otro “Muñeco” es mas rotundo: “¡Y al carajo ustedes, mozo; al carajo los indios, los conuqueros, al carajo todos! ¡Que avancen las torres y la plata y usted musiú! ¡Que avancen! ¡Yo las defiendo, carajo, porque yo amo el progreso!”.
Profeta
¿Sería chavista Cesar Rengifo si hubiese sobrevivido a sus dolencias físicas, que no eran pocas? No sabemos, porque eso que él denunció en sus obras, no era de su exclusividad, sino que ya el resto la inteligencia venezolana, especialmente la de izquierda. Luchaba para detener el proceso desgastador que durante un gran parte del siglo XX significó la explotación de los hidrocarburos. No hay que ser chavista para execrar los abusos cometidos, no sólo por las empresas sino por los gobiernos títeres.Lo único cierto es que todo lo que él advirtió se cumplió y que al final el petróleo terminó por ser controlado por el Estado venezolano al desencadenarse una serie de cambios en la conducción política del país, pero las secuelas de los malos años no ha podido curarse todavía, ni los muertos inocentes resucitarán jamás.Él hizo lo suyo al escribir su teatro, pero muy pocos con poder político le hicieron caso y las consecuencias están a la vista, porque “ya no somos un país independiente económicamente. Junto con el alud del capital extranjero, explotador, nos llega también una pseudo civilización estandarizada. Y junto a los ranchos, habitados por gente depauperada y sin ninguna cultura, aparece la pseudocultura del petróleo”.

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